Bueno, amigos, hoy se me ha ocurrido contaros a partes una historia que escribí hace poco.
Cuando digo a partes me refiero a que os dividiré la historia en dos o tres entradas que iré colgando a lo largo de estos días, así que si os gusta tendréis que soportar los intermedios (algo así como Antena 3). Espero que opinéis sobre ello y que me llenéis de críticas constructivas (absteneos de comentar todos aquellos que vayan a criticar mi texto porque no les gusten las historias de amor/pasión).
Aquí os dejo con Carolina y su loco. Espero os guste.
Una vez estuve enamorada de un loco. Un loco de los de verdad, de los que amenazan con agresividad, de los que tienen carácter bipolar, de los que sueltan palabras ofensivas sin ton ni son, de los que olvidan, de los que intentan ahogarte con el humo de un cigarrillo, de los que piropean porque lo sienten y sin vergüenza de por medio, de los que puedes ver paseando por caminos oscuros a altas horas de la noche. Un loco de esos que suelen sorprender.
La agresividad de mi loco no era rutinaria y nunca llegaba más arriba de unos cuantos gritos y, quizás, algo de autolesión. Nunca me tocó un pelo, jamás fue capaz de hacerme daño más allá del psicológico. La gente no comprendía que él era totalmente incapaz de matar una mosca, de dañarme, y pasaban los días cuestionándose cómo había ocurrido que una chica totalmente cuerda como yo hubiese acabado enamorada de un loco como él.
Mi amor fue correspondido, pero el amor entre un loco y una cuerda es totalmente imposible y así fue nuestro romance. Un romance inexistente.
He de admitir que ese romance no nato con mi loco, terminó por enloquecerme a mí también. Sí, amigos, soy una loca más. Una respetada catedrática loca de remate. Mi loco matizó mi vida con pequeños detalles y la terminó trastocando por completo. Nunca volveré a ser la misma persona, nunca volveré a ver las cosas del mismo modo, nunca volveré a pensar o a actuar igual que solía hacerlo. Creo que todas las personas deberían poner un loco en su vida y enloquecer ellas un poco.
Hace demasiados años que no sé nada de mi loco. Creo que me odia, pero no sé por qué ni tengo la certeza de ello. Sólo tengo noticias suyas gracias a amigos locos que tenemos en común, pero intento no preguntar directamente porque nunca es bueno que un loco sepa por quién te tornaste tú loca. He oído que se volvió a enamorar, pero que esta vez fue distinto principalmente, porque en este caso sí funcionó y porque ella no ha enloquecido. Tengo una teoría para comprender eso: ella está muerta. No, no muerta literalmente, sino muerta de alma, muerta de sentimientos, muerta de impulsos. Está muerta por dentro. Un loco con una muerta; un romance todavía más extraño que el que no fue nuestro, pero por lo visto, mucho más posible.
A veces me he parado a pensar qué ocurriría si uno de estos días me cruzara con mi loco. Seguramente no ocurriese absolutamente nada. Los locos olvidan y él es un loco muy loco por lo que habrá olvidado cuánto lo amé. Yo, que soy una media loca, sé que nunca lo olvidaré. Otras veces me he parado a pensar qué me gustaría que ocurriese si me cruzara con mi loco. He de confesaros que ni de lejos querría que apenas intercambiásemos un par de palabras. Creo que me moriría por darle vida, durante una noche, a ese romance no nato nuestro. Sí, tener una noche de brutal y desenfrenado erotismo y placer. He solido imaginármelo con un comienzo tranquilo, como algo así:
“La tarde abrumadora obligaba a Carolina a arrastrar sus pequeños pies en dirección a casa. Nada invadía sus pensamientos, ni una imagen, ni un desasosiego, ni una alegría, nada. El calor que el astro rey evocaba mataba sus ansias de pensar o imaginar algo, así que tan solo caminaba. Había olvidado las llaves del coche en el bolsillo interno de su bolso blanco, ese que había dejado en casa esta mañana. Sus ojos miraban la cantidad de personas que iban y venían por las aceras de su ciudad, pero ella no veía nada, absolutamente nada. Quizás por eso, su cerebro, eludió la información de ver venir en dirección contraria y encarándose, a alguien que, en su pasado, significó algo que marcaría su presente y su futuro
-¿La señora catedrática se ha vuelto alguien de tal prestigio que no va a concederme ni un mísero saludo?
- - ¡Santo cielo, Damián! No.. no te había visto.
- - Tus excusas no son más que sandeces a mi entendimiento. Así que ven aquí a saludarme correctamente o seguiré mi camino como si no nos hubiésemos cruzado.
- - ¡Maldito bastardo!- Carolina sonrió y se lanzó a darle esos dos besos de cortesía que, para ella, significaban mucho más. - ¿Cómo te encuentras?
- - Demasiado bien, diría yo. ¿Y tú, cómo te trata la vida?
- - No puedo quejarme.
- - Sigues siendo una amargada que no vive la vida.
- - ¿Por qué dices eso?- Carolina dibujó un gesto de sorpresa en su cara, pero no se había sorprendido, para nada, de aquella acertada pregunta. Damián sabía leer a través de los ojos de las personas y Carolina, para él, resultaba mucho más transparente que cualquier otra alma.
- - ¿A caso me equivoco? No hace falta más que ver tus pasos repletos de angustia, tu mirada perdida, tu cabecita en otro planeta, tu voz rota y cansada.
- - Tan solo vuelvo de un largo y duro día de trabajo. ¿Nunca has tenido tú un día arduo?
- - Disfruto mi empleo. Para mí nunca habrá un mal día de trabajo.- Carolina lanzó una mirada de incredibilidad y Damián le devolvió una sonrisa picaresca, burlona.- ¿La señora ocupada sería tan amable de invitar a este pobre psicólogo a un café?
- - Estoy cansada y deseosa de llegar a casa. Mejor otro día.
- - No sabes si habrá otro día. ¿Me invitas o no?
- - Está bien. Vamos.
Caminaron en silencio varios minutos. Él se dedicaba a mirar las primeras pocas arrugas que dibujaban el cansancio y el paso del tiempo en la dulce cara de Carolina y que, extrañamente, la hacían más bella de lo que siempre había sido. Era una muchacha joven, pero nunca había tenido tiempo ni interés en cuidar su imagen, lo cual comenzó a provocar estragos en su piel a los, a penas, treinta y tres años. Ella, simplemente, se dejaba observar. Le gustaba sentir cómo los ojos de Damián recorrían los suyos, cómo estudiaba su belleza y cómo leía en su piel la forma en que los años habían ido comiéndose su juventud.
Llegaron a una cafetería. Era la típica del centro de las ciudades: mucha gente con prisa y malhumorada, sillas en la barra, mesas y sillas a la derecha, mesas y unos modernos y cómodos sofás a la izquierda, pegados a unos grandes ventanales que regalaban las vistas de una calle abundantemente transitada. Las paredes se alternaban entre tonos rojizos y colores pastel, perfectos para alterar al subconsciente un lunes por la mañana y prepararlo para una larga semana de estresante trabajo. Se sentaron junto a uno de los ventanales.
- - Estás loco. Un psicólogo loco. ¿No te resulta un tanto contradictorio?
- - Lo es. Pero así puedo estudiar mejor la manera de volver locas al resto de personas que me rodean.
- - No hace falta estudiar mucho para eso.
- - ¿Eso crees?
- - Lo creo.
- - ¿Por qué?
- - Porque a mí me tornaste loca hace demasiado tiempo. Tanto que todavía no eras ni psicólogo.
- - ¿Así que te torné loca? Permíteme dudarlo. Los locos nos movemos por impulsos, por sentimientos y disfrutamos la vida. Carpe Diem, amiga.
- - No nos permitimos mucho tiempo para conocernos, así que tan solo soy una semi-loca.
Tomaron sus cafés tranquilamente, hablando de cosas sin sentido. A ninguno de los dos les importaba, realmente, cómo había pasado el otro todos estos años pasados. Carolina no quería saber si la vida había sonreído al bueno de Damián, no le interesaba lo más mínimo si era cierto lo de su enamoramiento y romance estable. Damián había aprendido a vivir ahora y no ayer, así que le resultaba totalmente indiferente todas las cosas que Carolina había hecho o dejado de hacer todos estos años, sólo le interesaba saber que la tenía en frente, después de tanto tiempo sin acordarse lo más mínimo de ella, sólo le importaba el interés que le despertaba volver a ver sus labios articulando su voz suave, rota y cansada.
Damián se quedó callado, sin previo aviso y Carolina se dedicó a mirar por el ventanal, bohemia. Él bebió el poco café que quedaba en su taza y la dejó, agresivamente, sobre el mantel. Se levantó del sillón y rodeó la mesa, con la mirada de Carolina siguiendo curiosamente sus pasos. Se paró frente a ella, rozó su mejilla y la besó en los labios. Ante la mirada atónita y perdida de Carolina, Damián salió de la cafetería.
- - Buenas tardes, semi-loca.