Hay ilusiones que aparecen por sorpresa por tu vida, así,
sin que te des cuenta. Agazapadas entre las tinieblas de tu cotidiana vida, se
abren paso entre la maleza de malas hierbas que te impiden avanzar. Y sonríes.
Sin saber muy bien cómo ni de qué manera, encuentras un motivo al que aferrar tus
retomadas ganas de alumbrar tu sonrisa, esa que parecía desgastada, con el
rouge de tu barra de labios. Y sueñas.
Sabes que tienes motivos para desvelar tus sueños, o no lo
sabes, pero tampoco les prestas la debida atención. Y, luego, te sorprendes
soñando a través de las ventanillas de copiloto de un coche de a saber quién y
a saber a dónde va. Y disfrutas.
Que desviar todas tus atenciones quizás no sea lo más
recomendable. Pero la vida es demasiado agria y maloliente como para no obsequiarte
con el pequeño presente de alzar los pies del suelo, una de tantas veces, y
echar a volar. A través de las nubes, a través del tiempo, a través de todos
los imposibles que un día cegaron tu entendimiento.
Hay momentos en que constatas que caminas sola. Que nadie
estará suficientemente a tu lado como para que te sientas arropada. En esos
momentos, necesitas dejarte llevar por esas pequeñas ilusiones estúpidas que
sorprenden el hall del mundo que vive
detrás de las velas de cada cumpleaños, de cada estrella fugaz. Aprende que la
soledad es el mejor maestro que podrá enseñarte a amar y a levantarte. Levántate
de ese barro al que caíste y, mirando a los ojos a tu alma, prométete que eres
suficientemente fuerte como para cargar con el propio peso de tu cuerpo inerte.
Ilusiónate.