El aire, ardiendo, rodeando la existencia, asfixiando cada
aliento de aire fresco. Calcular el tiempo que se tarda en pesar un secreto.
Contar las sonrisas de un mismo recuerdo. Airear las dudas y saltar sin miedo,
al vacío, sin remedio, explotando todo obstáculo interpuesto en medio. Cantar
las notas de las lágrimas caídas al Sol. Cantar las risas al unísono de una
simple mirada. Mirar. Mirar tus ojos. Sentir calor bajo la atenta mirada
castaña. Sentir frío de no volver a verla. Helor. Helor por la distancia. Terror
de encontrarla eterna.
Efímera sensación onírica de volatilizarme y convertirme
en deseo, mentira picaresca, susurro alentador, caricia, locura, sabor.
Y entre
tanto segundo robado al tiempo, los gramos que pesa un secreto, los ojos
grabados a fuego, los saltos y el miedo...río. Río por dentro, por vivir mi
tiempo, por robarle fuego al Sol y valor a los sueños, por seguir luchando
cuando ya no queden brazos a los que agarrar tu asfixia de ese aire ardiendo
que te quema. Que quema por dentro.
"No te quedes inmóvil al borde del camino. No congeles el júbilo. No quieras con desgana. No te salves ahora ni nunca, no te salves. No te llenes de cal. No reserves del mundo sólo un rincón tranquilo. No dejes caer los párpados pesados como juicios. No te quedes sin labios. No te duermas sin sueño. No te pienses sin sangre. No te juzgues sin tiempo. Pero si, pese a todo, no puedes evitarlo y congelas el júbilo y quieres con desgana, y te salvas ahora y te llenas de cal, y reservas del mundo sólo un rincón tranquilo, y dejas caer los párpados pesados como juicios, y te secas sin labios y te duermes sin sueño, y te piensas sin sangre, y te juzgas sin tiempo, y te quedas inmóvil al borde del camino y te salvas, entonces, no te quedes conmigo."
Hay ilusiones que aparecen por sorpresa por tu vida, así,
sin que te des cuenta. Agazapadas entre las tinieblas de tu cotidiana vida, se
abren paso entre la maleza de malas hierbas que te impiden avanzar. Y sonríes.
Sin saber muy bien cómo ni de qué manera, encuentras un motivo al que aferrar tus
retomadas ganas de alumbrar tu sonrisa, esa que parecía desgastada, con el
rouge de tu barra de labios. Y sueñas.
Sabes que tienes motivos para desvelar tus sueños, o no lo
sabes, pero tampoco les prestas la debida atención. Y, luego, te sorprendes
soñando a través de las ventanillas de copiloto de un coche de a saber quién y
a saber a dónde va. Y disfrutas.
Que desviar todas tus atenciones quizás no sea lo más
recomendable. Pero la vida es demasiado agria y maloliente como para no obsequiarte
con el pequeño presente de alzar los pies del suelo, una de tantas veces, y
echar a volar. A través de las nubes, a través del tiempo, a través de todos
los imposibles que un día cegaron tu entendimiento.
Hay momentos en que constatas que caminas sola. Que nadie
estará suficientemente a tu lado como para que te sientas arropada. En esos
momentos, necesitas dejarte llevar por esas pequeñas ilusiones estúpidas que
sorprenden el hall del mundo que vive
detrás de las velas de cada cumpleaños, de cada estrella fugaz. Aprende que la
soledad es el mejor maestro que podrá enseñarte a amar y a levantarte. Levántate
de ese barro al que caíste y, mirando a los ojos a tu alma, prométete que eres
suficientemente fuerte como para cargar con el propio peso de tu cuerpo inerte.
Un día me aconsejaron que viviera cada segundo de mi vida
como si fuese el último. Qué absurdo. ¿Por qué no vivir cada segundo como si
fuese el primero?
Recordad cómo fue la sensación al escuchar por primera vez
vuestro disco favorito, disfrutar de esa película que consigue produciros un
placentero escalofrío, de vuestro primer beso, del día que entendisteis lo que
era estar enamorados, de aquel amor a primera vista, de la panorámica de aquel
lugar que descubriste por casualidad, del revoloteo de las palabras de aquel
libro, del deleitable dolor de un primer tatuaje, de esa primera noche fuera de
casa, de la sorpresa del decimoctavo cumpleaños, de tu primera decisión
importante, de tu primera mascota, del día que te diste cuenta que te hacías
mayor…
Si fueseis capaces de entender que esos sentimientos no
volverán a hacer marca en ti, que no volverá a haber una primera vez de todas
esas vivencias, dejaríais de estar sentados, ahora mismo, leyendo frente al
ordenador mis, probablemente, absurdos pensamientos; y saldríais, corriendo, en
busca de nuevas vivencias, nuevas emociones, nuevas sensaciones que os hagan
disfrutar de esa droga llamada “primera
vez”. Porque, amigos, primera vez sólo hay una; oportunidades, muchas.
Encuéntralas. O créalas.
Las locuras dejan de ser locuras cuando paras el reloj y
ahogas los gritos de tu ego con una mirada limpia hacia un futuro más cercano de
lo que jamás somos capaces de imaginar. Un futuro en que la fría mano del adiós
roza tus labios, indicándote que no podrás realizar todo aquello que quedó
frustrado en tu imaginación y que nadie será capaz de recordar todos los
ridículos que algún día inundaron tus instantes.
Así que alejaos de vuestros
impulsos de hacerme creer perturbada y entended que, en nuestro último aliento
de vida, yo seré la única capaz de ser feliz por haber logrado alejarme de
orgullos, miedos y vergüenzas y haber hecho siempre cuanto deseaba. En nuestro
último aliento de vida, seré la única de todos vosotros, ingenuos, que haya
vivido su vida.
Alejarse de convencionalismos. Lanzar la vista al cielo y
comprender que no te tengo, pero me tengo. Que el mundo es una esfera de
oportunidades desaprovechadas, inhibidas por el exceso de consumo de la
cotidianidad. Avanzar por las aceras de esa marchita calle. Que sonreír sin
ganas es de locos, que romper a llorar, felices, es de sabios. Sufrir por cada
ingrato que no disfruta de caminar descalzo por el cálido asfalto, que no
nacimos calzados ni con vergüenzas ni complejos ni orgullos. Olvidadizas almas
del placer, que caminan rozando tu aura de besos y caricias que aún te quedan
por dar, incapaces de comprender que quizás, tan solo quizás, algún día
estúpidamente encantador, unáis vuestros destinos.
Que sí, que nos cuesta
aceptarlo, pero que no sabemos vivir. No sabemos escuchar al viento, no
aprendimos a oler el tiempo, se nos olvidó la forma de asir al destino, pero
sobretodo y como peor defecto, todavía no sabemos dejar de mentirnos a nosotros
mismos.
Esta noche me dispuse a abrir un libro que hace tiempo leí. He podido madurar unos versos que, en su momento, no fui capaz de apreciar tal y como se lo merecían. Así que aquí os dejo una de mis lecturas de esta fría, lóbrega, taciturna noche.
Nº 17 Pensando, enredando sombras en la profunda soledad. Tú también estás lejos, ah más lejos que nadie. Pensando, soltando pájaros, desvaneciendo imágenes, enterrando lámparas.
Campanario de brumas, qué lejos, allá arriba! Ahogando lamentos, moliendo esperanzas sombrías, molinero taciturno, se te viene de bruces la noche, lejos de la ciudad.
Tu presencia es ajena, extraña a mí como una cosa. Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti. Mi vida antes de nadie, mi áspera vida. El grito frente al mar, entre las piedras, corriendo libre, loco, en el vaho del mar. La furia triste, el grito, la soledad del mar. Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.
Tú, mujer, qué eras allí, qué raya, qué varilla de ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora. Incendio en el bosque! Arde en cruces azules. Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz. Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.
Y mi alma baila herida de virutas de fuego. Quién llama? Qué silencio poblado de ecos? Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad hora mía entre todas!
Bocina en que el viento pasa cantando. Tanta pasión de llanto anudada a mi cuerpo.
Sacudida de todas las raíces, asalto de todas las olas! Rodaba, alegre, triste, interminable, mi alma.
Pensando, enterrando lámparas en la profunda soledad. Quién eres tú, quién eres?
P.N.
Y, ya que hemos nombrado los incendios, pretendía recomendar para hoy "Incendios de nieve", de Love of lesbian. Pero, tras reflexionar sobre la letra, decidí que no era la idónea. Así pues, he aquí mi recomendación musical.
Hoy pretendo hablaros del paso del tiempo, pero del paso del tiempo vinculado a la amistad.
Os habéis fijado en lo rápido que pasan los años?
No sabemos cómo pero para cuando queremos darnos cuenta, esas pequeñas niñas que "flamenqueaban" (nada tiene que ver con bailar y/o cantar flamenco) en el patio del colegio, ahora son dos, ya, mujeres que disfrutan de una tarde en un café.
Los años pasan, la vida avanza y, como seres sociales que somos, decidimos compartir los momentos de alegría con alguien. Soy consciente de que los verdaderos amigos se encuentran en peligro de extinción y raro es encontrarte con alguien que te diga que un día, con escasos años de edad, encontró a alguien con quien todavía comparte la amargura que supone un examen universitario; así pues, el hombre, en todo su decepcionado ser, decide compartir esos momentos con su propia soledad o con simples conocidos que sabe, tarde o temprano, terminarán abandonándole decepcionadamente.
Yo también, amigos, como ser social, como ser humano, elegí a alguien con quien compartir mis alegrías, alguien que me disuadiera de mis errores y alguien que me ayudara a levantarme cuando caía. Ante vuestros sentimientos de envidia y alegría ajena he de compadecerme de vosotros diciendo que nací con la adorable suerte de contar con una sola persona para todos estos fines, uno de esos seres venidos de otro planeta y que ya se encuentran en peligro de extinción. Esos que se hacen llamar "verdaderos amigos".
Mucha gente ha pasado por mi vida. Amistades que se han quedado por más, por menos tiempo; amistades que me han resultado en mí grandes cambios, amistades más prescindibles. Pero, sin embargo, de entre toda esa clasificación de amistades que podría estar haciendo hasta media noche, sólo una, sólo una persona entró hace muchos años para quedarse en el rincón más recóndito de mi corazón (qué cursi puedo sonar en ocasiones). No voy a decir nombres ni rasgos ni cualquier símbolo identificable de nuestra amistad puesto que (a parte de que voy a enviárselo) sería capaz de reconocer mis palabras y darse por aludida.
Se dice, y lo he comprobado, que cuanto más tiempo compartes con alguien, mayores y más frecuentes son las discusiones. Sin embargo, la unión que yo tengo con ese ser excepcional, es tan sumamente distinto y especial al resto que ha hecho que, en estas casi dos décadas que me ha regalado, a penas llegue a recordar una única discusión.
No sé muy bien qué será de nosotras dentro de diez años, pero si hasta ahora, todo lo que hemos pasado, no nos ha separado, dudo que algo pueda hacerlo. No cabe añadir que si sé lo que me conviene, y lo sé, no permitiré que nada ni nadie se lleve mi pequeño ángel de la guarda de mi lado.
"La felicidad sólo es real cuando se comparte" - Christopher McCandless
Gracias por dejar compartir contigo mi felicidad y por hacerla real.
Gracias por darle color al mundo durante estas dos décadas.
Soy consciente que tengo esto bastante muy abandonado.
Lo cierto es que llevo bastante tiempo pretendiendo escribir alguna entrada nueva, pero no se me ocurre sobre qué escribir y, cuando lo hace, no tengo tiempo por culpa de los exámenes.
Disculpadme, no tardaré mucho en volver.
Mientras tanto, id conformándoos con una preciosa y animada canción: