domingo, 3 de noviembre de 2013

Luz.


A veces hay que llorar por verdades, reír por mentiras y sentir nostalgia por no ocurridos.
A veces, una sonrisa que no existió debiera abrirse paso en la penumbra y crear un efímero haz de luz,
alimentado de recuerdos imposibles de recordar porque no fueron, y parar a morir allá, donde van a morir las incertidumbres y las decisiones que no tomamos.
A veces, es necesario. Pues los actos que no vivimos, las palabras que no contamos y los labios que no besamos, nos recuerdan que estamos vivos, libres de vivir una vida que elegimos.
Una perfecta vida que añoraríamos, de no haber sido.




miércoles, 24 de julio de 2013

Latidos

El frío se asentó, rápidamente, sobre cada rincón de mi cuerpo. Un cuerpo que yacía inerte sobre el suelo de la habitación.

Mil veces me había parado a pensar cómo sería mi muerte- un pasatiempo mucho más acogedor que la propia vivencia de sentir la mano de la parca acariciando mi frente-. Nunca creí que fuese a acabar de esta manera.

Había sentido cómo la fina hoja de plata se fundía con mis entrañas y cómo el dolor se había hecho eco entre el frenético bombeo de sangre que mi corazón, furioso, enviaba a cada uno de mis órganos. Una cantidad de sangre perjudicialmente demasiado elevada para las circunstancias en las que me encontraba. Estaba nervioso, tremendamente alterado y sorprendido, lo que provocaba que fuese capaz de sentir la gran velocidad a la que ésta fluía fuera de mí. Estaba tendido sobre un charco de mi propia sangre. Quizás por las altas temperaturas de ésta, o quizás por alguna razón fisiológica que desconocía, aquel frío del comienzo de mi fin, se estaba tornando cálido e, inclusive, reconfortante.

Los latidos de mi corazón comenzaban a disminuir de forma considerable y yo ya hacía un par de minutos que había cerrado mis ojos, para no ser capaz de abrirlos por última vez. Sin embargo, por algún motivo que no he logrado descifrar, era perfectamente consciente de qué ocurría a mi alrededor. Sé que ella estaba arrodillada, a mi lado, intentando esbozar entre sollozos, algún tipo de disculpa. Quizás estuviese rezando por mi alma. O por la suya. Al menos ella sabía qué sentir. Miedo, culpa, desasosiego. Yo no. No sabía cómo sentirme en ese momento. No sabía si odiarle con todas mis fuerzas, si temer al verla capaz de alargar mi sufrimiento, o si perdonarle por el gran amor que, inclusive en ese momento, era capaz de profesarle.

El dolor había comenzado a cesar, pero ello no significaba que pudiese moverme a mi antojo; más bien había comenzado a dejar de ser dueño de mi propio cuerpo, había comenzado a dejar de sentirlo mío. Sí sentía, sin embargo, la penetrante mirada de Eva fijada sobre mí. Creo que me rozó el cuello con sus dedos, en busca de algún signo vital. Todavía escuchaba su llanto. Estaba esperando mi muerte. Ambos la esperábamos, juntos, como si todavía fuésemos una pareja feliz, compartiendo uno de los momentos más importantes en la vida de ambos.

Un olor había invadido, de repente, mis fosas nasales. Eva había dejado entrar el aire fresco por la ventana, ahora, abierta. Mis sentidos del oído y del olfato se habían agudizado, haciéndome partícipe de una mezcla de olores que se fusionaban en mi habitación: gasoil, su perfume, el ambientador y el penetrante olor, como de carne podrida combinada con hierro viejo, que emanaba de mi sangre. Iba a morir con ese nauseabundo hedor como recuerdo.

-          - Te amo, te amo…

No me había fijado, hasta ese momento, en que ella se había tumbado a mi lado, sobre mi charco, rodeándome con sus traicioneros brazos y susurrándome al oído palabras que dolían casi tanto como su puñalada. Ya no era capaz de recordar cómo había comenzado la discusión que nos llevó hasta aquí. Lo cierto es que tampoco quería recordarlo.

Eva había continuado hablando, pero ya no era capaz de entenderla. Tampoco olía, a penas, aquella pestilencia. Un miedo tan elevado como nunca antes había sentido, se apoderaba de mí. Tenía miedo de dejar de vivir y tenía miedo de Eva. Sin embargo, inclusive habría rogado a un Dios, en el que no creía, por ser capaz de sentir mi cuerpo de nuevo, para apreciar su brazo rodeándome.


Y, ahora, ya sólo escuchaba el tenue latido de mi corazón, desvaneciéndose.


miércoles, 24 de abril de 2013

Parte III. Flor de helio.


“Urgencias” puede hacerse pasar por un lugar paradisíaco si te encuentras envuelto entre su perfume. Entre el puritano perfume de una novia. Una novia que no es la tuya.
Supongo que éste es el tipo de experiencias que recuerdas a lo largo de tu vida.
-        -   Annette, puedes pasar.- Annette. Inclusive en boca de una enfermera angustiada aunque desinhibida, su nombre desprende la misma fuerza que su mirada.
-          - Es mi turno.
-          - Sí.
-          - ¿Puedes sujetarme el velo? - ¿Qué no haría yo por recibir el regalo de tu sonrisa, Annette?
... El tipo de experiencias en que, en algún angosto y lejano día, les relate a mis descendientes la extraña forma en que me sentí estando salvaguardando el velo a una novia  que me esperaba en la Sala 7, del Doctor Mendizabal.
Todavía desconozco su historia. No sé su apellido de soltera... o casada. Se me escapa en qué recóndito lugar puede hallarse ese solitario novio que ha de acompañarla, o ya la acompañó, hasta el altar. No he sido capaz de apartar mi mirada de la suya, tan pura y profunda, más lejos que para observar con detenimiento esa perfectamente blanqueada sonrisa. En cuanto la vea aparecer tras esa puerta, cambiaré de rumbo la dirección de mis inquietos ojos y buscaré atisbo alguno de anillo de compromiso.



-        - Se trata de una rotura de ligamentos de grado 2-3. Pero no se preocupe, en apenas un mes lo tendrá completamente recuperado.
-    - Doctor, pretendo hacer un viaje en el menor tiempo posible. Hoy, si se me precia la oportunidad...
-    - ¿Viaje de novios, cierto?- la pícara sonrisa del doctor desborda obscenidad y una curiosidad desmedida por mi historia. Una historia que no estoy por la labor de contar- Annette, lo mejor será que se posponga ese viaje. Es necesario reposo absoluto con inmovilización de ese tobillo durante dos o tres semanas. Después, deberá comenzar un corto proceso de rehabilitación que, para entonces, podrá hacerlo en cualquier centro médico de la ciudad a la que se dirija.



Sentí como un hormigueo recorriendo todo mi cuerpo cuando Annette me pidió, amablemente, y sin compromiso, que le alquilase una habitación en mi piso. Tan solo serían unos días, dijo, hasta que encontrase otro piso de alquiler. ¿Mi respuesta? No solamente accedí, sino que le ofrecí la posibilidad de quedarse allí tanto cuanto gustase. Siempre viene bien nuevo aire femenino a un hogar que ya había pasado demasiado tiempo vacío. Terminé de embaucarla con toda esa palabrería que, mis largas lecturas filosóficas nocturnas, me habían enseñado, haciéndole creer que mi ética y moral necesitaban resarcirle de aquel mal que, de forma indirecta, yo le había causado. Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente como para confesarle que tan solo ansiaba encontrarme el cuarto de baño ocupado por las mañanas, los botes de acondicionador en la bañera, las barras de labios perdidas por cualquier rincón... Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente para confesarle que necesitaba llenar ese angosto agujero que hacía años que llenaba con esperas impacientes por despedidas eternas y que, ahora, sencillamente, estaba vacío.



Habían sido tres primeros días fantásticos. Los mejores primeros días de mi final, del final de esta Annette. Quizás este fuese el mejor camino. Haberme marchado a España tan de repente, podría haberme llevado a la desesperación y soledad que tanto temía. Ahora tenía tiempo suficiente para despedirme de mí misma, para organizar mi marcha y hacerme a la idea de que iba a empezar desde los subsuelos de una nueva vida, desde los primeros pasos.
Pierre estaba siendo el mejor casero y compañero de piso que podía desear. También solía ser mi enfermera particular. Y no, no intento ser machista. Pierre tenía la costumbre de disfrazarse de enfermera rematadamente sexy cada vez que tenía que ocuparse de mí. He de admitir que sus piernas me volvían loca. Casi tanto como esa voz grave y suave con la que se dirigía a todo ser viviente, sin alzar el tono más allá de lo justo y necesario, y que me aportaba paz y tranquilidad. Una tranquilidad que buscaba desesperadamente desde que había desaparecido de mi boda, sin dejar rastro alguno de dónde había escapado. Una tranquilidad que ansiaba para que calmara este insomnio que se había apoderado de mí.



Era una noche de temperatura agradable para cualquier ser humano, ya fuese caluroso o friolero. Así que, Annette y yo, habíamos decidido tomar unos “margarita” en la terraza. Mientras me explicaba entusiasmada datos asombrosos sobre las constelaciones, y el universo en sí, yo me dedicaba a mirarla fijamente. Llevábamos casi una semana bajo el mismo techo y se había vuelto escuálida y ojerosa, pero la fuerza y determinación todavía brillaban en sus  carismáticos ojos. De hecho, me atrevería a decir que todos esos adjetivos deslumbraban en su mirada con más fuerza que nunca. Era, ésta, una extraña sensación contradictoria que me alegraba por la entereza que demostraba, pero me asustaba por algún motivo que desconocía.

-         -  Cuéntame la historia, Annette.
-         -  ¿Estás escuchando algo de lo que digo? Es justamente eso, por el Big Bang el universo comenzó a expandirse, de tal forma que...
-         -  No, Annette. Me refiero a ti. Tu historia. ¿Qué haces aquí?
La sonrisa de mi flor de Loto se había tornado seria y oscura. Tan solo se levantó de la silla y se marchó. No me sentí con fuerzas ni derecho alguno de ir hasta su habitación a pedirle explicaciones o disculpas. Me quedé observando la luz de estrellas que habrían muerto hacía ya demasiados años luz.



No tenía ni la más remota idea de por qué acaba de comportarme así con Pierre. Tan solo había sentido interés por un tema que, sabía, tarde o temprano iba a salir a flote. Uno no se encuentra todos los días con una novia, de blanco, que parece no tener una vida hasta justo el momento de conocerla. Suficientemente amable y educado había sido por no haberme preguntado hasta ahora y, sobretodo, por haber estado tratándome como había estado haciéndolo.
Así que, tras reflexionarlo largo y tendido por más de media hora, salí a duras penas de mi habitación, anclada a esas muletas que comenzaban a ser un verdadero estorbo para alguien tan independiente como yo, y salí a la terraza, con la esperanza de que todavía siguiese allí. Lo encontré,  buscando en internet información sobre las diversas teorías del fin del universo. Hacía apenas media hora que había comenzado a contarle algunas de ellas y, parecía, su curiosidad científica no había quedado satisfecha. No pude sino soltar una carcajada que desveló mi posición tras de él. Me miró, todavía serio. Y sus ojos se me clavaron en el alma, haciéndome sentir despreciable y paralizando toda excusa por mi comportamiento. Le sentí. Sentí cómo hurgaba en mi cerebro, en busca de respuestas, a través de sus ojos color azabache.
Me revolví, temblorosa por dentro. Y transcurridos unos segundos, que más bien había sentido como una eternidad, sentí paz. Como si Pierre hubiese encontrado esa carga que me atormentaba el espíritu y se la hubiese llevado con él.
Y ya no sé si fue fruto de esa nueva paz que parecía que acabase de encontrar, o de las margaritas de más que había tomado, pero impulsivamente me lancé hacia sus labios, casi perdiendo el total equilibrio sobre mi pie sano. Y le besé. Le besé con la misma esperanza que se suponía que tenía que haber besado al que, ahora, tendría que ser mi marido, hacía una semana atrás.




Ahora lo había entendido. El universo se expandía y contraía infinitamente. Había explotado la noche anterior, en una danza de margaritas y perfume de mujer. Los cielos se habían roto y colores que jamás habría imaginado surgieron de sus entrañas; el inframundo se quebró y vastas llamaradas de fuego incendiaron nuestros ardientes cuerpos, que se fundieron en uno solo, en un solo cerebro, en un solo corazón, en una sola alma.
Esta mañana, al abrir mis pesados párpados y observarla onírica, a mi lado, comprendí que el universo había comenzado a expandirse de nuevo. Y con más vitalidad de lo que lo había hecho hasta ahora.
Había comprendido su historia, cuando se desnudó para mí. Cuando su alma se desprendió de ropajes y armaduras absurdas para dejarse seducir por mi intrigada mirada. Y no habíamos necesitado articular ni una palabra. Y no necesitaba escuchar de sus labios nada más al respecto. Sabía, justo, lo que quería y necesitaba saber.
Los días comenzaron a transcurrir. Demasiado rápidos, para mi gusto. La llevé a lugares donde nunca antes habíamos estado, inclusive la llevé a aquellos sitios que siempre había detestado, pero que pensé que podrían enamorarla. Y lo hicieron. Vivimos experiencias que jamás no imaginamos vivir; y, a contra preinscripción médica, invertimos varios días en viajes asombrosos. Fue tanto lo que Annette me regaló en esos días que me sería totalmente imposible guardar todos esos recuerdos en un cajón. Fueron tantos los recuerdos, que ya no consigo recordarlos todos...



Sin duda alguna, habían sido las tres mejores semanas de mi vida. No sé muy bien qué era lo que había ocurrido, pero me había dejado llevar y algo parecido a felicidad se había asentado en mí.
A cada segundo del día mi mirada le buscaba disimuladamente, mi corazón lo hacía sin guardar las formas y la pasión se abría paso como dueña de nuestras vidas. Pero mi pie se había recuperado y yo tenía que seguir mis directrices. Decía un gran filósofo, de nombre Platón, que cuando tomes una decisión, la lleves a cabo hasta el final, pues es posible que no alcances las metas deseadas, pero encontrarás una meta; mientras que si cambias de decisiones, acabarás más perdido que al principio. Y no sé si ésta es una forma de justificar mis actos y un método de calmar a mi desolado corazón, pero me veo en la obligación de terminar de hacer las maletas.



-        -   ¡No puedes marcharte así, sin más!
-        -   Sabías que esto acabaría así, Pierre. Sabías que mi viaje estaba destinado a realizarse.
-        -   Pensé que podría hacerte cambiar de opinión.
-          - Nadie más que yo misma tiene el poder suficiente como para hacerme cambiar de opinión. ¿Lo entiendes?
Los nervios se apoderaban de mí. No podía perderla ahora. No podía quedarme destinado a otra despedida que me negase a aceptar, abogándome en una nueva eterna espera. Esta vez no le servirían las excusas metafóricas y filosóficas para librarse de mi desahogo, para librarse de mi último intento para mantenerla conmigo.
Estábamos ya en el aeropuerto, esperando el aviso a los pasajeros de su vuelo, y había comenzado a levantar la voz, sin sopesar las consecuencias que eso podría tener, sin importarme lo más mínimo nada, pues los nervios, el estrés, la frustración se habían apoderado de cada rincón de mi ser, provocándome una desazón que apenas me dejaba respirar costosamente. Si la perdía ahora, jamás volvería a verla. Sería como un fantasma. Terminaría siendo como la sutil huella de un sueño, un sueño que todos desconocerían y que ocultaría a la próxima mujer que durmiese en mi cama.
Annete se había convertido, en casi un mes de mi vida, en mi propia  vida. Me había dado color y esperanza. Era el perfume de mis mañanas y la luz de mis oscuras noches. Era ELLA. Anette. Mi novia blanca. Mi flor de loto.



Los minutos corrían casi tan rápido como transcurrían cuando le besaba, y las dudas se abalanzaban sobre mí, me atraían hacia una angustia indescriptible. Y, es que, Pierre, fue la luz al final del túnel, y la luz del comienzo de mi vida. Él era el café de mis mañanas, mis sonrisas picarescas y mi cura contra el insomnio. Pierre se había convertido, en este mes, en el marido de mi boda, en la Luna que provocaba mis mareas altas. Era ÉL. Pierre. La cuerda que sujeta a este globo blanco de helio, permitiéndole mantenerse alto, pero sujetándole al suelo, evitando así la inminente caída...

“Pasajeros del vuelo 78694, con destino París-Valencia, vayan embarcando por la puerta 6.”

-          - Ahí está, tu vuelo. Decídete, Annette. Pero decídete pronto. Pero si te marchas, no vuelvas. Déjame en el rincón de olvido, arrastrado por la tormenta emocional que me trata sin piedad, pero no vuelvas a enturbiar mis aguas cuando todo esté calmado.
Quizás no lo supiese, pero esas últimas palabras articuladas como intento desesperado de mi marcha, se habían clavado entre mis costillas como si de puñales se tratase y me provocaban suficiente ardor en el estómago como para no volver a verle nunca más.



Y éste soy yo. El estúpido que la mira fijamente, aquí, ahora mismo, en este fatídico instante, ansiado de una respuesta definitiva que deje de mantenerme en vilo. Ansioso de saber si ya puedo romper a llorar, de alegría o desesperación, pero a llorar. Y la veo, la miro, me fijo en cada detalle de su piel, de su vestido... y la recuerdo tan ostentosa como el primer día que la vi. E intento memorizar cada pequeña arruga que comienza asomar en su rostro, y sus ojos, cada detalle de ese color esmeralda cristalino ha de quedar en mi memoria para la eterna espera, por si no la vuelvo a ver.


Y ésta soy yo. Un mar de dudas que mira atónita, aquí, ahora mismo, en este fatídico instante, al hombre que me salvó de una destructiva caída. Y cuanto más observo su ojeroso rostro, más ansío lanzarme a sus brazos y besarle, curarle de esta desesperación. Sí, tal vez le amo. Pero el amor no me hará resurgir de entre las cenizas. Quedarme aquí, a su lado, provocará que tarde o temprano tendré que hacer frente a mi antigua vida. No sería, ni de lejos, ese comienzo de cero que tanto porfío en encontrar.

Se advierte a los pasajeros del vuelo 78694, con destino París-Valencia, que embarquen urgentemente por la puerta 6”.

Último aviso y, las dudas emergen, todavía, a flor de piel. A flor de helio. Las dudas me asfixian y yo no sé qué hacer.



sábado, 20 de abril de 2013

Parte II. Globo de Helio.


Lo cierto es que escapar corriendo de una boda, tu propia boda, no es la mejor opción. Pero es difícil hacer caso omiso a mi alma cuando mi cabeza y corazón se unen en una misteriosa idea. Lo siento. Mi razón me grita que no pare de correr, que corra hasta que no me sujeten mis piernas, hasta que caiga al suelo con las rodillas entumecidas. Mi corazón, retumbando como nunca antes lo había hecho, me pide que no deje de enviarle esta cantidad excitante de adrenalina. Y no pienso hacerlo. No sé cómo lo hago, no lo entiendo y ni siquiera pretendo entenderlo, pero me gusta. Me siento feliz.

Cualquiera en mi situación sentiría miedo, angustia, vergüenza, desprecio por haber sido capaz de abandonar al amor de su vida en el altar. Yo no, yo soy diferente, pienso diferente, siento diferente. ¿Qué siento? Sin duda, esto debe ser felicidad.

Puedo agitar mis brazos rápidamente, sujetando mi blanco y largo vestido, y me siento como un águila, como un halcón, como un globo de helio que sube y sube hasta un destino que no es capaz de apreciar y que, sin embargo, sabe que tarde o temprano tendrá que caer, caer en lo más profundo de un agujero negro, pero que acepta su destino con toda la libertad posible.

Y sí, esa soy yo, un globo de helio. Un maldito globo blanco de helio, esperando su trágica caída.
Puesto que ya tengo asumido que voy a caer, y mientras corro, necesito preparar una caída, una caída más suave de lo que pueda serlo una inesperada. Siempre he querido viajar, empezar una nueva vida y, ¿qué mejor momento que éste para hacerlo?

Adiós, zapato izquierdo. Fuera, zapato derecho.

Una huida por todo lo alto, una nueva vida, una nueva persona. Pero es difícil pensar cuál es la ciudad idónea para empezar desde abajo, donde el derrumbamiento no duela tanto. Piensa, Annette, pensemos cuerpo y alma, al mismo tiempo, como danzando bajo el hipnotismo de unas notas musicales. Pensemos en luces, en cosas de verdad, en algo efímero y mortal, tan mortal como...

Caer. Jamás pensé que esa metafórica caída en la que pensaba hace unos instantes fuese a ser tan literal y cercana como acaba de serlo ahora. Creo que me he torcido el tobillo de mi desnudo pie izquierdo. Escucho gemidos de dolor bajo mi vestido. Comprarme un vestido de novia tan ostentoso no fue, definitivamente, una buena idea. Ni para correr ni para encontrar al o la pobre infeliz que haya quedado atrapado bajo mis blancas telas.

Él. Definitivamente, es un hombre. Un hombre que se mofa no sé si de mi torpeza o mi ostentosidad; pero no ha dejado de sonreír desde que ambos conseguimos deshacernos de mi cárcel blanca. Tiene una risa estúpidamente contagiosa.

…En algo tan mortal como las ardientes fallas de Valencia. Mi nueva dirección.



viernes, 19 de abril de 2013

Parte I. Flor de Loto.


Había pasado los últimos años acostumbrándome a la impuntualidad de alguien que llegaría tan tarde, que tendría que esperarle para toda la vida. Había divagado por las calles de un funesto mundo que parecía llorar a cada paso que daba, y había terminado por fundirme con las luces incandescentes de la Calle Mayor.

No sería capaz de decir si fueron dos o tres los años que invertí en un “adiós” que parecía durar toda una vida, pero las historias para recordar empezaban a agotarse y, en su lugar, se asentaba en mí la desesperación propia de alguien tan impaciente como yo.

Y aquí, ahora, justo en este momento, había decidido dejar de dedicar cada pulsación de mi reloj en esperar. No sé cómo ni sé por qué, pero, sencillamente, cambié de dirección y caminé. Y caminando, de vuelta a casa, dejando a medias la jornada de espera, me había decantado por parar a comprar un croissant de esos que solía degustar antes de haberla conocido. Y la dulce anciana que me precedía en la cola se demoró más de lo habitual, buscando unas monedas dentro de su cartera que, claramente, era de estilo prerrafaelista. Y al salir de esa fábrica de sueños chocolateados, me paré con la puerta tras de mí, cerrando los ojos, para que todos mis sentidos se anulasen y sólo el del gusto diese crédito de ese manjar de dioses. Y un peatón chocó con mi torpeza de ojos cerrados, lo que provocó el empleo de algunos segundos en proporcionarle una disculpa. Y me giré, sonriente, a ver su brillante cráneo por detrás.

Y si todo eso no hubiese ocurrido; si no hubiera decidido dejar de esperar, si no se me hubiese antojado ese dulce que provocó mis ganas de degustarlo con los ojos cerrados, entonces no habría tropezado conmigo aquel hombre calvo y yo no me habría tenido que disculpar. Y si todo eso no hubiese ocurrido, yo ahora no estaría tirado en el suelo, con una muñeca dolorida y retirando de mi cara lo que parecía tela de un vestido de novia. Y, entonces, si no se hubiesen dado cada uno de esos acontecimientos, no acabaría de ver los ojos, color esmeralda, más intensos que he visto nunca ni la flagrante belleza de la mujer que había caído encima de mí hacía apenas unos segundos, como una flor de loto sobre un estanque putrefacto.

Y ahora, mirando a esta Venus intentando zafarse del enredo blanco que es su vestido, me doy cuenta de que si todo eso no hubiese ocurrido, aunque hubiese cesado mi espera,  seguiría escribiendo el pequeño fragmento de una historia que nunca comenzó y nunca terminaría. Y ahora, mientras ayudo a mi flor de loto a levantarse, me doy cuenta de que, exacto, aquéllo fue, sencillamente, un fragmento.




miércoles, 13 de marzo de 2013

Y es tan largo el olvido...


Lúgubre, taciturna, oscura y molesta sensación de desamor. Triste, desamparado y, aunque libre, extraño corazón. Pecado sentimiento de duda que exhala, a partes iguales, vida, muerte y destrucción. Lujuriosa afición de mirar miradas y desnudar cada emoción, torturando a una razón que me grite, a boca cerrada, qué ocurre, qué siente, qué no le permite sentir las manos de Morfeo acariciando su tez, una tez marcada por rasgos de desesperación.

Cada noche que has pasado bajo la lumbre de un farol, meditando, mudando de pensamientos y convirtiéndote en inventor. Inventor de historias muertas entre las manecillas de un reloj, o entre la arena de otro cuyo cristal hace tiempo que se quebró. Cada noche malgastada o invertida en un “y si”, cada uno de esos días yacen inertes, solitarios, fríos, olvidados, enterrados bajo los kilómetros de un angosto hilo que separa, las todavía, cómplices miradas que aún nos abordan con cobardía y discreción. 



martes, 1 de enero de 2013

¡Feliz 2013!


Como cada uno de enero, echamos un pequeño vistazo al camino recorrido. Con mayor o menos intensidad, todos sufrimos y gozamos. Todos vivimos y soñamos. Todos cantamos y lloramos.
Como cada uno de enero, arranco de mí las iras y los dolores, ocupando el completo de mis pensamientos en reflexiones absurdas y en sonrisas arrancadas por recuerdos.

No os contaré mis sueños ni mis ilusiones, tampoco os hablaré de mis últimos secretos ni de mis preocupaciones, que el año es nuevo pero la vida sigue. Y hoy es comenzar, pero no olvidando continuar. Porque cada mirada que ayer me estremecía, hoy me hará temblar. Y cada miedo que se apoderaba de mis sueños, hoy no me dejará soñar. Pero hoy no os hablaré de mí, sino de vosotros.

A quien más, a quien menos, os he visto crecer. He visto cómo formabais nuevos ideales, os he visto decir o hacer cosas que jamás pensasteis que pudiesen ocurrir, os he visto defenderos y os he visto rectificar. Durante este año me habéis dado el placer de abrazarme y la satisfacción de acompañarme, de forma plausible, en algún momento crucial. Y os admiro por ello. Os admiro de forma egoísta, pues me habéis hecho madurar y aprender. Y todo ello os lo he de agradecer.

Para finalizar este discurso anual, y teniendo en mente este afán de buenos pensamientos alejados de rencores, decir adiós a todos aquellos negados a continuar compartiendo camino, a todos los que no valoraron o a los que no valoré. Adiós a las sonrisas que algún día me deleitaron y a las miradas que me ruborizaron. Adiós a vuestras dulces o roncas voces y a los momentos que aparecen en mi memoria en inauditos días. Adiós y buen viaje.  

Aprovechando el vacío, paso a dar la bienvenida a aquellos nuevos individuos que han aparecido en los últimos meses, pero que han conseguido marcar una insondable huella que, espero, se perpetúe por muchos meses más. Bienvenidos a esta montaña-rusa que es mi vida.

Y en mi máximo apogeo de sentimentalismo, recordar a los pocos que año tras año continúan acumulando recuerdos en mi escasa memoria y, más loable si cabe, soportar la carga que supone mi compañía. Por vosotros fue mi primer y último suspiro del año.


Feliz año a todos y, sobretodo, a los que me han marcado. Vivid y no muráis en vida.

¡Feliz 2013!