domingo, 18 de septiembre de 2011

Locuras de habitación (II)

Aquí os dejo la continuación y final de "Locuras de habitación".


(...)Carolina, una vez recuperada de la impresión del momento, se dispuso a sacar el monedero para pagar los cafés, pero tras un halo de semi-locura, volvió a meterlo al bolso y se levantó del sillón, seria y serena.


-              -Señorita, no ha pagado sus cafés.- gritó un joven camarero que rondaba cerca de la mesa donde habían estado sentados segundos antes. Carolina rebuscó algo entre las cientos de cosas que tenía en el bolso, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo. Escribió algo rápido en una de las hojas, bajo la atenta mirada de una docena de clientes indiscretos.


Carolina avanzó lentamente hacia el camarero que miraba exhausto todos sus movimientos. Le tendió la hoja escrita. En ella no había escrito más que un cincuenta y el símbolo del euro.
-         - No me ha agradado sus servicios, así que yo les pago con dinero que les desagrade a ustedes. Quédate el cambio.


Salió de la cafetería como si nada hubiese ocurrido ahí dentro, pero defraudada no sabía exactamente por qué, pero defraudada. Todo cambió, sin embargo, cuando volvió a ver la sonrisa de Damián esperándola fuera de aquella fábrica de estrés.
-          Encantadora locura, la tuya.


A penas hubo terminado la oración, Carolina le devolvió el furtivo beso con que Damián había pagado su café, a pesar de saber que éste no sería tan bobo como ella y apartaría sus labios. Y no estaba en lo erróneo. Él se justificó nombrando la relación que tenía con una tal Rebeca y ella justificó su comportamiento diciendo que no necesitaba sus besos para nada y que no le estaba dando ninguno, sino que le devolvía el que él le había dado con anterioridad.

-      -    ¿ Te has acordado algún día en todos estos años de mí?
-      -    Ni uno siquiera. ¿Tú de mí?
-       -   Más de los que me gustaría admitir.
-        -  Todavía no has aprendido nada. No sabes vivir.
-        - ¿Carpe Diem?
-        -  Justo así.
-        - Tú tampoco sabes. Acabas de apartar tus labios de los míos y has comenzado a nombrarme a tu novia. Yo no la veo aquí, no estás viviendo el ahora y niégame que no estás deseando volver a besarme.- No estaba segura de lo que acababa de decir, pero Carolina se arrojó al vacío, con la esperanza a flor de piel, esperando estar en lo cierto y que él se estuviese conteniéndose de bebérsela a besos 
   -¿Me invitas a tu piso?
-                 -Invitado quedas.

Los dos caminaron a paso rítmico en dirección a casa de Carolina, escondiéndose en los rincones, desbordando toda esa tensión sexual que había estado escondida durante todo este tiempo. Llegaron a su portal, subieron cinco pisos en el ascensor donde Damián dejó bien claro que de esa noche no iba a pasar aquello que tenían pendiente desde que se conocieron.


Carolina dirigía las manos de Damián, levantando su pierna a la altura de su cintura, rozando sus senos y comiéndosela a besos. Entraron en el amplio piso de Carolina, todo meticulosamente ordenado; y fueron rompiendo, a su paso, toda la estabilidad que reinaba en el dulce hogar en el que, ahora, explotaban sus pasiones como si de bombas se tratasen, atrayéndose como dos grandes imanes, como la luna llena atrae la marea.


Damián no se sentía extraño en aquel lugar ni prestaba respeto alguno por encontrarse en casa ajena. Tan solo besaba, disfrutaba y caminaba, al mismo tiempo, hacia donde su instinto animal le guiaba.  Entre caricia y beso, aparecieron en la habitación de Carolina. Ella se separó de los brazos de su hombre y se sentó sensualmente sobre el borde de la cama. Él se quitó la camiseta y se lanzó a acariciar sus mejillas, a beber su aliento, a oler su pelo y, esa mujer amargada a la que nombró horas antes, se tornó el animal más fiero y enloqueció por completo, olvidando todos esos hombres que habían pasado por esas sábanas que ahora rozaba Damián y se sintió completa como si no le faltase nada en ese instante, porque ya no se presentaba en su mente la imagen de besar a un loco especial cada vez que cualquier otro hombre se integraba en su intimidad, pues ahora era ese loco, su loco, el que se fundía con ella en un eterno desenfreno, un desenfreno mental ya que era consciente que en cuanto el Sol despuntara sus primeros rayos a través de las montañas que pintaban el horizonte, todo habría terminado.


Las palabras comienzan a quedarse cortas para explicar qué pasó esa noche. Carolina y Damián estaban predestinados a unir sus almas aquel fin del día en el que el reloj decidió dejar de tocar las horas y en el que el cielo se abrió bajo sus pies y las nubes despejadas se tornaron en tormenta, las bombillas se fundieron y miles de cristales cayeron al suelo, transformándose en diminutos trozos.


Y el alba despuntó y sus cuerpos desnudos quedaron tendidos sobre un lecho que había vislumbrado al deseo y a la pasión hechos humanos, destrozándose mutuamente en una noche de sexualidad desbordante.


Carolina despertó unas cuantas horas más tarde de la que solía despertar. Un halo de felicidad interrumpió en su cuerpo y sonrió como si en ello le llevara la vida. Abrió los ojos lentamente sin preocuparle lo más mínimo que hoy no llegase a tiempo a la universidad. Su mirada recorrió toda la habitación en busca de algo o alguien. Nada. Envolvió su pequeño cuerpo con una de las sábanas de su cama, pero tras hacerlo, volvió a dejarla en su sitio y se encaminó desnuda a observar cada rincón de su hogar, mientras un mal presentimiento le recorría todo su ser. Cuando hubo llegado al salón, se sentó en un sofá blanco que no solía utilizar por miedo a que las manchas estropearan la pureza de su color, y dejó de buscar por el resto de habitaciones pues sabía que no iba a encontrar ni el menor ápice de la estancia de Damián. El astro rey había tornado a visitarla a través de las ventanas de la casa, el reloj volvió a sonar marcando las doce del medio día, de la tormenta no quedaba más que noticias en el telediario y los trozos de cristal ya habían sido recogidos por las amas de casa de cada hogar. Todo volvió a su cauce y Carolina volvía a sentirse defraudada y Damián debería de encontrarse en su cama, abrazado a una tal Rebeca y borrando de su mente cuanto había ocurrido la noche anterior. Carolina se levantó del sofá y continuó su rutina diaria como si nada hubiese pasado pues su corazón y su cerebro sabían con antelación que nunca más volvería a ver a ese hombre.”


Sí, supongo que me gustaría que fuese así o al menos ese es el punto medio entre lo que me gustaría que ocurriese y lo que realmente ocurriría en el caso de cruzarme con mi loco. Pero es bien sabido por todo el mundo que jamás volveré a ver sus brillantes ojos negros ni volveré a escuchar ese tono burlesco de su voz cuando se dirigía a mi forma de vivir la vida ni nada de esas estupideces que me gustan imaginar cuando me acuesto en mi cama vacía.





Espero que hayáis disfrutado con la lectura, que os haya gustado aun siendo muy poquito y que los pocos minutos invertidos en leerlo, no hayan sido en balde.
Que paséis un buen fin de fin de semana, locos míos.

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