El frío se asentó, rápidamente, sobre
cada rincón de mi cuerpo. Un cuerpo que yacía inerte sobre el suelo de la
habitación.
Mil veces me había parado a pensar cómo
sería mi muerte- un pasatiempo mucho más acogedor que la propia vivencia de
sentir la mano de la parca acariciando mi frente-. Nunca creí que fuese a
acabar de esta manera.
Había sentido cómo la fina hoja de plata
se fundía con mis entrañas y cómo el dolor se había hecho eco entre el
frenético bombeo de sangre que mi corazón, furioso, enviaba a cada uno de mis
órganos. Una cantidad de sangre perjudicialmente demasiado elevada para las
circunstancias en las que me encontraba. Estaba nervioso, tremendamente
alterado y sorprendido, lo que provocaba que fuese capaz de sentir la gran
velocidad a la que ésta fluía fuera de mí. Estaba tendido sobre un charco de mi
propia sangre. Quizás por las altas temperaturas de ésta, o quizás por alguna
razón fisiológica que desconocía, aquel frío del comienzo de mi fin, se estaba
tornando cálido e, inclusive, reconfortante.
Los latidos de mi corazón comenzaban a
disminuir de forma considerable y yo ya hacía un par de minutos que había
cerrado mis ojos, para no ser capaz de abrirlos por última vez. Sin embargo, por
algún motivo que no he logrado descifrar, era perfectamente consciente de qué
ocurría a mi alrededor. Sé que ella estaba arrodillada, a mi lado, intentando
esbozar entre sollozos, algún tipo de disculpa. Quizás estuviese rezando por mi
alma. O por la suya. Al menos ella sabía qué sentir. Miedo, culpa, desasosiego.
Yo no. No sabía cómo sentirme en ese momento. No sabía si odiarle con todas mis
fuerzas, si temer al verla capaz de alargar mi sufrimiento, o si perdonarle
por el gran amor que, inclusive en ese momento, era capaz de profesarle.
El dolor había comenzado a cesar, pero
ello no significaba que pudiese moverme a mi antojo; más bien había comenzado a
dejar de ser dueño de mi propio cuerpo, había comenzado a dejar de sentirlo
mío. Sí sentía, sin embargo, la penetrante mirada de Eva fijada sobre mí. Creo
que me rozó el cuello con sus dedos, en busca de algún signo vital. Todavía
escuchaba su llanto. Estaba esperando mi muerte. Ambos la esperábamos, juntos,
como si todavía fuésemos una pareja feliz, compartiendo uno de los momentos más
importantes en la vida de ambos.
Un olor había invadido, de repente, mis
fosas nasales. Eva había dejado entrar el aire fresco por la ventana, ahora,
abierta. Mis sentidos del oído y del olfato se habían agudizado, haciéndome
partícipe de una mezcla de olores que se fusionaban en mi habitación: gasoil,
su perfume, el ambientador y el penetrante olor, como de carne podrida
combinada con hierro viejo, que emanaba de mi sangre. Iba a morir con ese
nauseabundo hedor como recuerdo.
- - Te
amo, te amo…
No me había fijado, hasta ese momento,
en que ella se había tumbado a mi lado, sobre mi charco, rodeándome con sus
traicioneros brazos y susurrándome al oído palabras que dolían casi tanto como
su puñalada. Ya no era capaz de recordar cómo había comenzado la discusión que
nos llevó hasta aquí. Lo cierto es que tampoco quería recordarlo.
Eva había continuado hablando, pero ya
no era capaz de entenderla. Tampoco olía, a penas, aquella pestilencia. Un
miedo tan elevado como nunca antes había sentido, se apoderaba de mí. Tenía
miedo de dejar de vivir y tenía miedo de Eva. Sin embargo, inclusive habría
rogado a un Dios, en el que no creía, por ser capaz de sentir mi cuerpo de
nuevo, para apreciar su brazo rodeándome.
