martes, 20 de enero de 2015

Personajes.


Después de tantos meses de abandono del blog, aunque he de confesar que no de la escritura, creo que es tiempo de pararme a hablaros, o a escribiros, para ser más exactos.
Es momento de escribir, sobre cualquier cosa, cualquier sentimiento, objeto, emoción. Es momento de escribir sobre ese extraño placer que obtengo cuando coloco post-its con anotaciones sobre los libros de estudio, sobre el frío que hoy ha abrazado la península, sobre mi nuevo pijama polar, sobre la extraña ola de melancolía que sienten mis personajes, que me gritan hasta ahogarme. Porque no sé si en algún momento de mi vida os lo he contado: yo no escribo. Si bien es cierto que, literalmente, sí escribo, no lo hago cuando con "escribir" nos referimos a pensar, cavilar, imaginar una emocionante e intrigante historia. Yo no soy más que una simple y llana transcriptora.
En efecto, queridos lectores, os he mantenido en el engaño todo este tiempo. Y, hoy, he de confesarme. Por las noches, mientras ceno, o mientras veo mi serie favorita; a veces, mientras cocino o cuando voy a la ducha; en ocasiones, cuando el edredón me cubre el cuello, decenas o cientos de personas, sobresaltan mi tranquilidad. Algunos son altos y rubios; otros, bajitos y calvos. Ellas pueden ser llamativas con juguetonas melenas o rellenitas con la cara cubierta de pecas.
A veces, cuando sueño, o cuando pienso, e inclusive cuando estoy ocupada, me cuentan sus historias. Algunas de ellas más extensas que otras, pero todas igual de impactantes. Cuando sus protagonistas son niños, pueden pasar días correteando a mi alrededor contándome, una vez tras otra, sus inquietantes aventuras robinhoodescas. Y los hombres tienden a exaltar sus andanzas, mientras que las mujeres suelen detallarme hasta el más diminuto detalle.
Y entonces es mi turno de exhalar.
Depende del personaje en cuestión, de la historia y de los acompañantes, pueden transcurrir dos, tres, cuatro días hasta que vuelven a darme un toque de atención. Y es entonces, cuando no les presto atención, que comienzan a ponerse agresivos. Comienzan a perseguirme y a gritarme, a insultarme, a agredirme. Yo soy su única esperanza de hacer llegar al mundo sus historias.

Y, básicamente, esta es la razón por la que no os transcribo ninguna historia desde hace tiempo. Hará poco menos de un año, una mujer de estatura media y pelo castaño, carácter fuerte y nervios a flor de piel, vino a contarme su historia y la de su hermana. Primero me pidió que la escribiera. Luego comenzó a exigírmelo. Su nivel de desesperación era tan alto, que cerró las puertas de mi mente y no deja entrar a nadie que no sea ella. Todavía sigo escuchando su, cada vez más estremecedora, historia. No será sencillo, pero prometí escribirla.

No creáis que esto sólo otorga negatividad a mi vida. Aprendo mucho de mis personajes. Me enseñan a valorar las pequeñas cosas, me ayudan a dar segundas oportunidades y me aportan esperanza. Mi histérica nueva chica de estatura media y pelo castaño, sin ir más lejos, me ofreció un consejo hará no mucho. Ahora me dispongo a transcribíroslo: "No esperes a que una tercera persona te valore. Aprende a valorarte tú misma, no importa lo que ello te cueste."

viernes, 2 de mayo de 2014

Azul.

Ricardo era un hombre de pocas palabras. Era tímido y de comprensión un tanto deficiente. Ricardo había sufrido, y seguía sufriendo, la burla y regocijo de la mayoría de las personas que en algún momento, y por alguna razón, habían tenido algún tipo de contacto con él. Nunca alcanzó a entender la razón de tanto insulto gratuito hacia su persona, y mentiría si alguna vez dijese que nunca le habían hecho llorar.


A Ricardo le gustaba dibujar, aunque siempre se le dio mucho mejor pintar. Cuando cogía las pinturas de cera o las acuarelas que su madre le compraba cada mes, era capaz de plasmar en papel emociones y sentimientos, como si de definiciones gráficas se tratase. A él le encantaba pintar el amor. Algunos días, la mayoría, era de color rojo, pero solía decir que dependía de muchas otras cosas, que el amor no es amor por sí solo, sino que depende de sonrisas, de miradas, de secretos y confesiones, de un tacto sobrepuesto a otro tacto, de una mano o, inclusive, de la lluvia o el Sol; así que el amor podía ser también rosa, verde, amarillo, naranja, morado, negro, blanco…. Pero ya hacía mucho tiempo que para Ricardo el amor era azul. A veces más oscuro, otras más claro, pero siempre azul. Recuerdo preguntarle varias veces por qué su amor se había convertido en algo tan monótono, que por qué siempre era del mismo color. Su respuesta siempre era parcial:

-          Mi amor no es monótono. Es alegre, divertido y siempre sorprendente. Monótono era cuando día tras día venía de un color diferente. Los cambios seguidos eran la monotonía.

Ricardo tenía veintitrés años, pero los médicos decían que su edad cerebral era la de un niño de diez. Yo siempre pensé que nos engañaba a todos y que en su interior albergaba la sabiduría de otras muchas vidas pasadas.
Un día fui a recoger a Ricardo al centro de día al que asistía. Entonces lo comprendí todo. Vi el color azul estallando contra todas las paredes e invadiendo cada rincón de aquella habitación. Él estaba sentado frente a una ventana, de espaldas hacia donde yo me encontraba. También de espaldas, y junto a él, vi una larga y cuidada melena castaña, y creo haber escuchado una dulce y penetrante risa. Ricardo, como si hubiese sentido mi presencia perturbando el azul, se giró hacia donde yo estaba y con una sonrisa, me saludó.
Empecé a recoger a Ricardo de aquel centro con más asiduidad, pues cada vez era mayor la intriga que aquella cabellera me producía. Esa mujer siempre continuaba mirando por la ventana cuando Ricardo se marchaba, así que jamás pude ver su cara. Y aquél tampoco me hablaba de ella por más que yo preguntase. Ni un nombre ni una vaga descripción pude arrancar de sus labios, y siempre tuve que conformarme con ver el azul.
Tres años más tarde, un seis de diciembre, Ricardo fallecía por una parada cardiovascular. Dejo tras de sí una habitación empapelada de cuadros azules y muchas carpetas llenas de pinturas con la misma temática. Había acabado obsesionándose hasta tal punto que él solo ya era azul, con sonrisa azul y mirada azul.
La gente tiende a admirar la belleza de los funerales. Yo creo que el funeral de Ricardo fue horrendo. Había mucha gente rondando su ataúd, pero en ninguno de los presentes pude ver un ápice de la luz que él desprendía. Todos lloraban y nadie sonreía, excepto yo. Yo no era capaz de sonreír, cierto, pero no derramé ni una sola lágrima, en su honor.
El número de personas que se acercó al cementerio fue menor, pero aún así continuaba viendo caras desconocidas para mí. Me quedé observando los pies de la caja en la que yacía Ricardo para siempre y rompí a llorar, dejando de lado las promesas que le había hecho de no mostrar mi tristeza.

Fue entonces cuando una voz, reconfortante, me susurró al oído unas palabras que jamás olvidaré:

-          Se desvaneció, ¿verdad? Se desvaneció como una acuarela azul se desvanece en el agua. Pero también, como una acuarela azul, su marca permanecerá en nosotros una vez el agua se haya evaporado.

Una presencia conocida se filtro por mis poros. Era como si Ricardo estuviera ahí, cogiéndome de la mano. Me giré súbitamente, sabiendo –y sin saber, al mismo tiempo- qué o quién iba a encontrarme.
La larga melena castaña estaba ahora recogida, con un pasador, irónicamente, de color azul. Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue encontrarla ahí, con su pelo recogido, sino fue ver que aquella mujer que tanto me intrigaba y que había estado viendo de espaldas durante tanto tiempo, no era nueva para mí.

-          Soy Verónica. No sé si me recordarás. Durante unos años fui compañera de pupitre de Ricardo, y juntos, los tres, solíamos pasar las tardes de verano jugando en la plaza del pueblo. Fue entonces cuando comencé a sentir curiosidad por Ricardo. Es cierto que al principio me asustaba su extraño comportamiento, pero tú me enseñaste que tenía cualidades distintas a la del resto de niños.
-          Sí, Verónica, ¿cómo olvidarte? –Me paré un rato, a observar lo mucho que había cambiado y lo tremendamente parecida que era a Ricardo en algún aspecto que no era capaz de identificar. – Eras tú, ¿verdad? La chica del centro de aprendizaje, la que se sentaba con él cada día a mirar por la ventana.
-          No sólo mirábamos, sino que veíamos. Veíamos las cosas que nadie más es capaz de ver. Como los atisbos de un nuevo color que luego resultaba conocido, los gestos de las manos de un transeúnte acalorado, el baile de cientos de hojas perfectamente acompasadas o un cruce de miradas a destiempo entre dos desconocidos. A veces miraba a Ricardo y, otras, Ricardo me miraba a mí. Era extraño, ¿sabes? Tenía delante de mí a una persona que no miraba, que veía y que paraba sus ojos frente a mí, a observarme con detalle y que se reía con mis pensamientos o se entristecía con mis miedos.
-          No te comprendo.
-          Ricardo no era un hombre normal. Acabé la carrera y me puse a trabajar en el centro al que él asistía. Fue una alegría reencontrarme con la persona que provocó que yo fuera quien soy. Al principio no nos entendíamos, pero poco a poco Ricardo comenzó a hablarme. A veces me hablaba con colores, otras veces con números, con música o, inclusive, me enseñó a hablar con la mirada, así era como sabía siempre en qué pensaba. Pero como persona corriente que soy, ajena a las maravillas que rodeaban el mundo de Ricardo, lo que más me fascinaba era cuando llegaba al centro y me hablaba con palabras. En ocasiones era como si de sus labios emanara un diccionario o un escritor, y podíamos pasarnos horas conversando. Le encantaba hablarme del “azul”.
-          ¿El azul?
-          Sí. Me hablaba tanto del azul que comencé a verle de dicho color. Ricardo olía a azul, respiraba azul y miraba azul. A veces, yo misma, me creía azul.
-          ¿Y qué era lo que te decía del azul?
-          He olvidado sus palabras exactas. Es más una sensación que una descripción. Ricardo me enseñó cosas de esta vida que jamás pensé que pudiera aprender. Quizá por eso prefería pasar las horas dedicas exclusivamente a él, porque me enseñó que nunca se deja de aprender. Me enseñó cosas que no podía encontrar en los libros y que se hallaban ocultas en mi espíritu, esperando a ser aprendidas. –Tras un largo silencio en el que yo veía gente pasar y ella miraba a no sé qué y no sé dónde, continuó hablando, esta vez con la voz cortada- De hecho, jamás comprendí qué hacía Ricardo en ese centro. Él fue el hombre más inteligente que jamás he conocido.


Verónica era, sencillamente, preciosa. Sabía que la conversación había llegado a su fin y que, tras sus pasos, no volvería a verle nunca más. Y lo que todavía me costaba un poco más, no volvería a ver a Ricardo. Con ella delante era como si volviese a plantarme en la puerta del centro, esperando a que se levantase entre el espesor que tanto azul había empezado a provocar en la sala, se acercase a mí y me cogiera de la mano para marcharnos. Con ella delante era como, al fin, ver cada uno de los dibujos de Ricardo, entenderlos, juntarlos en uno y comprender qué era el azul.
El taconeo de los zapatos de Verónica me advirtieron de su marcha. Y al girarme para observar cómo se alejaba, volví a ver su espalda, como aquella primera vez.

-          ¿Me enseñarás?- grité suavemente, si es que eso podía hacerse, y todos voltearon sus cabezas. Ella, ajena a todo y a todo el mundo, se giró también, y con una sonrisa, la única que había visto en todo el día, me contestó.
-          ¿Enseñarte a qué?
-          Dices que Ricardo te enseñó a ver, y te enseñó a sentir el azul, pero te enseñó más cosas, ¿cierto?
--          Cierto.
--          Quiero que me enseñes todas las cosas que Ricardo te enseñó. Quiero que me enseñes a ver a Ricardo ahora que no está.
--          Yo no soy él, no sabría ni por dónde empezar.
--          Él te eligió a ti para enseñarte todo lo que sabía, y lo hizo por alguna razón. Inténtalo.


Verónica me enseñó a ver, y a mirar, a sonreír y a gritar. Me enseñó a soñar y a suspirar. Aún recuerdo su primera lección, “cómo acariciar”. Con el tiempo, Verónica y yo nos volvimos uno solo. Pasábamos horas, días, semanas, juntos, aprendiendo el uno del otro. Con Ricardo, Verónica había aprendido a escuchar, pero como él la miraba y era capaz de entenderla, nunca le enseñó a hablar. Conmigo aprendió que no sólo estaba ahí para escuchar, sino que podía hablarme para hacerme a mí entender. Y hubo un día en que, al fin, me habló.
Verónica me confesó, con lágrimas en los ojos, que Ricardo había muerto, ya años atrás, por ruptura de corazón. Me confesó que, por aquel entonces, tras varios meses viviendo con la única esperanza de que llegara la hora en que viera a Ricardo atravesar la puerta del centro, y con la tristeza que le impedía ver cómo él abandonaba la sala, una mañana comprendió que se había enamorado de ese hombre que un día fue su compañero de pupitre. Y, entonces, asustada, sin siquiera despedirse, se marchó de su puesto de trabajo, que ya había dejado de ser un trabajo hacía mucho tiempo, abandonando a Ricardo y produciéndole una muerte de tristeza pocas semanas después.
Resultaba irónico que una mujer como Verónica, que siempre había levantado pasiones entre los hombres, hubiera acabado enamorada de un hombre que siempre había levantado burlas. Pero la ironía era compresión ante mi persona, pues yo, igual que ella, sabía que un alma como la de Ricardo es difícil de encontrar en este mundo.

--          Ricardo nunca dejó de sonreír, Verónica. Murió entre mis brazos y su última mirada fue de color azul. Y es que ahora lo entiendo todo, su amor no era azul, el azul siempre fuiste tú.

Y desde aquel día, amigos, como a Ricardo le ocurría, siento a Verónica en cada parte de mi ser. Siento la necesidad de hablar de ella en cada instante, de pensar en ella, de verla en todas partes. Desde aquel día, no hay mañana en que no me despierte y sea azul.
 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Luz.


A veces hay que llorar por verdades, reír por mentiras y sentir nostalgia por no ocurridos.
A veces, una sonrisa que no existió debiera abrirse paso en la penumbra y crear un efímero haz de luz,
alimentado de recuerdos imposibles de recordar porque no fueron, y parar a morir allá, donde van a morir las incertidumbres y las decisiones que no tomamos.
A veces, es necesario. Pues los actos que no vivimos, las palabras que no contamos y los labios que no besamos, nos recuerdan que estamos vivos, libres de vivir una vida que elegimos.
Una perfecta vida que añoraríamos, de no haber sido.




miércoles, 24 de julio de 2013

Latidos

El frío se asentó, rápidamente, sobre cada rincón de mi cuerpo. Un cuerpo que yacía inerte sobre el suelo de la habitación.

Mil veces me había parado a pensar cómo sería mi muerte- un pasatiempo mucho más acogedor que la propia vivencia de sentir la mano de la parca acariciando mi frente-. Nunca creí que fuese a acabar de esta manera.

Había sentido cómo la fina hoja de plata se fundía con mis entrañas y cómo el dolor se había hecho eco entre el frenético bombeo de sangre que mi corazón, furioso, enviaba a cada uno de mis órganos. Una cantidad de sangre perjudicialmente demasiado elevada para las circunstancias en las que me encontraba. Estaba nervioso, tremendamente alterado y sorprendido, lo que provocaba que fuese capaz de sentir la gran velocidad a la que ésta fluía fuera de mí. Estaba tendido sobre un charco de mi propia sangre. Quizás por las altas temperaturas de ésta, o quizás por alguna razón fisiológica que desconocía, aquel frío del comienzo de mi fin, se estaba tornando cálido e, inclusive, reconfortante.

Los latidos de mi corazón comenzaban a disminuir de forma considerable y yo ya hacía un par de minutos que había cerrado mis ojos, para no ser capaz de abrirlos por última vez. Sin embargo, por algún motivo que no he logrado descifrar, era perfectamente consciente de qué ocurría a mi alrededor. Sé que ella estaba arrodillada, a mi lado, intentando esbozar entre sollozos, algún tipo de disculpa. Quizás estuviese rezando por mi alma. O por la suya. Al menos ella sabía qué sentir. Miedo, culpa, desasosiego. Yo no. No sabía cómo sentirme en ese momento. No sabía si odiarle con todas mis fuerzas, si temer al verla capaz de alargar mi sufrimiento, o si perdonarle por el gran amor que, inclusive en ese momento, era capaz de profesarle.

El dolor había comenzado a cesar, pero ello no significaba que pudiese moverme a mi antojo; más bien había comenzado a dejar de ser dueño de mi propio cuerpo, había comenzado a dejar de sentirlo mío. Sí sentía, sin embargo, la penetrante mirada de Eva fijada sobre mí. Creo que me rozó el cuello con sus dedos, en busca de algún signo vital. Todavía escuchaba su llanto. Estaba esperando mi muerte. Ambos la esperábamos, juntos, como si todavía fuésemos una pareja feliz, compartiendo uno de los momentos más importantes en la vida de ambos.

Un olor había invadido, de repente, mis fosas nasales. Eva había dejado entrar el aire fresco por la ventana, ahora, abierta. Mis sentidos del oído y del olfato se habían agudizado, haciéndome partícipe de una mezcla de olores que se fusionaban en mi habitación: gasoil, su perfume, el ambientador y el penetrante olor, como de carne podrida combinada con hierro viejo, que emanaba de mi sangre. Iba a morir con ese nauseabundo hedor como recuerdo.

-          - Te amo, te amo…

No me había fijado, hasta ese momento, en que ella se había tumbado a mi lado, sobre mi charco, rodeándome con sus traicioneros brazos y susurrándome al oído palabras que dolían casi tanto como su puñalada. Ya no era capaz de recordar cómo había comenzado la discusión que nos llevó hasta aquí. Lo cierto es que tampoco quería recordarlo.

Eva había continuado hablando, pero ya no era capaz de entenderla. Tampoco olía, a penas, aquella pestilencia. Un miedo tan elevado como nunca antes había sentido, se apoderaba de mí. Tenía miedo de dejar de vivir y tenía miedo de Eva. Sin embargo, inclusive habría rogado a un Dios, en el que no creía, por ser capaz de sentir mi cuerpo de nuevo, para apreciar su brazo rodeándome.


Y, ahora, ya sólo escuchaba el tenue latido de mi corazón, desvaneciéndose.


miércoles, 24 de abril de 2013

Parte III. Flor de helio.


“Urgencias” puede hacerse pasar por un lugar paradisíaco si te encuentras envuelto entre su perfume. Entre el puritano perfume de una novia. Una novia que no es la tuya.
Supongo que éste es el tipo de experiencias que recuerdas a lo largo de tu vida.
-        -   Annette, puedes pasar.- Annette. Inclusive en boca de una enfermera angustiada aunque desinhibida, su nombre desprende la misma fuerza que su mirada.
-          - Es mi turno.
-          - Sí.
-          - ¿Puedes sujetarme el velo? - ¿Qué no haría yo por recibir el regalo de tu sonrisa, Annette?
... El tipo de experiencias en que, en algún angosto y lejano día, les relate a mis descendientes la extraña forma en que me sentí estando salvaguardando el velo a una novia  que me esperaba en la Sala 7, del Doctor Mendizabal.
Todavía desconozco su historia. No sé su apellido de soltera... o casada. Se me escapa en qué recóndito lugar puede hallarse ese solitario novio que ha de acompañarla, o ya la acompañó, hasta el altar. No he sido capaz de apartar mi mirada de la suya, tan pura y profunda, más lejos que para observar con detenimiento esa perfectamente blanqueada sonrisa. En cuanto la vea aparecer tras esa puerta, cambiaré de rumbo la dirección de mis inquietos ojos y buscaré atisbo alguno de anillo de compromiso.



-        - Se trata de una rotura de ligamentos de grado 2-3. Pero no se preocupe, en apenas un mes lo tendrá completamente recuperado.
-    - Doctor, pretendo hacer un viaje en el menor tiempo posible. Hoy, si se me precia la oportunidad...
-    - ¿Viaje de novios, cierto?- la pícara sonrisa del doctor desborda obscenidad y una curiosidad desmedida por mi historia. Una historia que no estoy por la labor de contar- Annette, lo mejor será que se posponga ese viaje. Es necesario reposo absoluto con inmovilización de ese tobillo durante dos o tres semanas. Después, deberá comenzar un corto proceso de rehabilitación que, para entonces, podrá hacerlo en cualquier centro médico de la ciudad a la que se dirija.



Sentí como un hormigueo recorriendo todo mi cuerpo cuando Annette me pidió, amablemente, y sin compromiso, que le alquilase una habitación en mi piso. Tan solo serían unos días, dijo, hasta que encontrase otro piso de alquiler. ¿Mi respuesta? No solamente accedí, sino que le ofrecí la posibilidad de quedarse allí tanto cuanto gustase. Siempre viene bien nuevo aire femenino a un hogar que ya había pasado demasiado tiempo vacío. Terminé de embaucarla con toda esa palabrería que, mis largas lecturas filosóficas nocturnas, me habían enseñado, haciéndole creer que mi ética y moral necesitaban resarcirle de aquel mal que, de forma indirecta, yo le había causado. Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente como para confesarle que tan solo ansiaba encontrarme el cuarto de baño ocupado por las mañanas, los botes de acondicionador en la bañera, las barras de labios perdidas por cualquier rincón... Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente para confesarle que necesitaba llenar ese angosto agujero que hacía años que llenaba con esperas impacientes por despedidas eternas y que, ahora, sencillamente, estaba vacío.



Habían sido tres primeros días fantásticos. Los mejores primeros días de mi final, del final de esta Annette. Quizás este fuese el mejor camino. Haberme marchado a España tan de repente, podría haberme llevado a la desesperación y soledad que tanto temía. Ahora tenía tiempo suficiente para despedirme de mí misma, para organizar mi marcha y hacerme a la idea de que iba a empezar desde los subsuelos de una nueva vida, desde los primeros pasos.
Pierre estaba siendo el mejor casero y compañero de piso que podía desear. También solía ser mi enfermera particular. Y no, no intento ser machista. Pierre tenía la costumbre de disfrazarse de enfermera rematadamente sexy cada vez que tenía que ocuparse de mí. He de admitir que sus piernas me volvían loca. Casi tanto como esa voz grave y suave con la que se dirigía a todo ser viviente, sin alzar el tono más allá de lo justo y necesario, y que me aportaba paz y tranquilidad. Una tranquilidad que buscaba desesperadamente desde que había desaparecido de mi boda, sin dejar rastro alguno de dónde había escapado. Una tranquilidad que ansiaba para que calmara este insomnio que se había apoderado de mí.



Era una noche de temperatura agradable para cualquier ser humano, ya fuese caluroso o friolero. Así que, Annette y yo, habíamos decidido tomar unos “margarita” en la terraza. Mientras me explicaba entusiasmada datos asombrosos sobre las constelaciones, y el universo en sí, yo me dedicaba a mirarla fijamente. Llevábamos casi una semana bajo el mismo techo y se había vuelto escuálida y ojerosa, pero la fuerza y determinación todavía brillaban en sus  carismáticos ojos. De hecho, me atrevería a decir que todos esos adjetivos deslumbraban en su mirada con más fuerza que nunca. Era, ésta, una extraña sensación contradictoria que me alegraba por la entereza que demostraba, pero me asustaba por algún motivo que desconocía.

-         -  Cuéntame la historia, Annette.
-         -  ¿Estás escuchando algo de lo que digo? Es justamente eso, por el Big Bang el universo comenzó a expandirse, de tal forma que...
-         -  No, Annette. Me refiero a ti. Tu historia. ¿Qué haces aquí?
La sonrisa de mi flor de Loto se había tornado seria y oscura. Tan solo se levantó de la silla y se marchó. No me sentí con fuerzas ni derecho alguno de ir hasta su habitación a pedirle explicaciones o disculpas. Me quedé observando la luz de estrellas que habrían muerto hacía ya demasiados años luz.



No tenía ni la más remota idea de por qué acaba de comportarme así con Pierre. Tan solo había sentido interés por un tema que, sabía, tarde o temprano iba a salir a flote. Uno no se encuentra todos los días con una novia, de blanco, que parece no tener una vida hasta justo el momento de conocerla. Suficientemente amable y educado había sido por no haberme preguntado hasta ahora y, sobretodo, por haber estado tratándome como había estado haciéndolo.
Así que, tras reflexionarlo largo y tendido por más de media hora, salí a duras penas de mi habitación, anclada a esas muletas que comenzaban a ser un verdadero estorbo para alguien tan independiente como yo, y salí a la terraza, con la esperanza de que todavía siguiese allí. Lo encontré,  buscando en internet información sobre las diversas teorías del fin del universo. Hacía apenas media hora que había comenzado a contarle algunas de ellas y, parecía, su curiosidad científica no había quedado satisfecha. No pude sino soltar una carcajada que desveló mi posición tras de él. Me miró, todavía serio. Y sus ojos se me clavaron en el alma, haciéndome sentir despreciable y paralizando toda excusa por mi comportamiento. Le sentí. Sentí cómo hurgaba en mi cerebro, en busca de respuestas, a través de sus ojos color azabache.
Me revolví, temblorosa por dentro. Y transcurridos unos segundos, que más bien había sentido como una eternidad, sentí paz. Como si Pierre hubiese encontrado esa carga que me atormentaba el espíritu y se la hubiese llevado con él.
Y ya no sé si fue fruto de esa nueva paz que parecía que acabase de encontrar, o de las margaritas de más que había tomado, pero impulsivamente me lancé hacia sus labios, casi perdiendo el total equilibrio sobre mi pie sano. Y le besé. Le besé con la misma esperanza que se suponía que tenía que haber besado al que, ahora, tendría que ser mi marido, hacía una semana atrás.




Ahora lo había entendido. El universo se expandía y contraía infinitamente. Había explotado la noche anterior, en una danza de margaritas y perfume de mujer. Los cielos se habían roto y colores que jamás habría imaginado surgieron de sus entrañas; el inframundo se quebró y vastas llamaradas de fuego incendiaron nuestros ardientes cuerpos, que se fundieron en uno solo, en un solo cerebro, en un solo corazón, en una sola alma.
Esta mañana, al abrir mis pesados párpados y observarla onírica, a mi lado, comprendí que el universo había comenzado a expandirse de nuevo. Y con más vitalidad de lo que lo había hecho hasta ahora.
Había comprendido su historia, cuando se desnudó para mí. Cuando su alma se desprendió de ropajes y armaduras absurdas para dejarse seducir por mi intrigada mirada. Y no habíamos necesitado articular ni una palabra. Y no necesitaba escuchar de sus labios nada más al respecto. Sabía, justo, lo que quería y necesitaba saber.
Los días comenzaron a transcurrir. Demasiado rápidos, para mi gusto. La llevé a lugares donde nunca antes habíamos estado, inclusive la llevé a aquellos sitios que siempre había detestado, pero que pensé que podrían enamorarla. Y lo hicieron. Vivimos experiencias que jamás no imaginamos vivir; y, a contra preinscripción médica, invertimos varios días en viajes asombrosos. Fue tanto lo que Annette me regaló en esos días que me sería totalmente imposible guardar todos esos recuerdos en un cajón. Fueron tantos los recuerdos, que ya no consigo recordarlos todos...



Sin duda alguna, habían sido las tres mejores semanas de mi vida. No sé muy bien qué era lo que había ocurrido, pero me había dejado llevar y algo parecido a felicidad se había asentado en mí.
A cada segundo del día mi mirada le buscaba disimuladamente, mi corazón lo hacía sin guardar las formas y la pasión se abría paso como dueña de nuestras vidas. Pero mi pie se había recuperado y yo tenía que seguir mis directrices. Decía un gran filósofo, de nombre Platón, que cuando tomes una decisión, la lleves a cabo hasta el final, pues es posible que no alcances las metas deseadas, pero encontrarás una meta; mientras que si cambias de decisiones, acabarás más perdido que al principio. Y no sé si ésta es una forma de justificar mis actos y un método de calmar a mi desolado corazón, pero me veo en la obligación de terminar de hacer las maletas.



-        -   ¡No puedes marcharte así, sin más!
-        -   Sabías que esto acabaría así, Pierre. Sabías que mi viaje estaba destinado a realizarse.
-        -   Pensé que podría hacerte cambiar de opinión.
-          - Nadie más que yo misma tiene el poder suficiente como para hacerme cambiar de opinión. ¿Lo entiendes?
Los nervios se apoderaban de mí. No podía perderla ahora. No podía quedarme destinado a otra despedida que me negase a aceptar, abogándome en una nueva eterna espera. Esta vez no le servirían las excusas metafóricas y filosóficas para librarse de mi desahogo, para librarse de mi último intento para mantenerla conmigo.
Estábamos ya en el aeropuerto, esperando el aviso a los pasajeros de su vuelo, y había comenzado a levantar la voz, sin sopesar las consecuencias que eso podría tener, sin importarme lo más mínimo nada, pues los nervios, el estrés, la frustración se habían apoderado de cada rincón de mi ser, provocándome una desazón que apenas me dejaba respirar costosamente. Si la perdía ahora, jamás volvería a verla. Sería como un fantasma. Terminaría siendo como la sutil huella de un sueño, un sueño que todos desconocerían y que ocultaría a la próxima mujer que durmiese en mi cama.
Annete se había convertido, en casi un mes de mi vida, en mi propia  vida. Me había dado color y esperanza. Era el perfume de mis mañanas y la luz de mis oscuras noches. Era ELLA. Anette. Mi novia blanca. Mi flor de loto.



Los minutos corrían casi tan rápido como transcurrían cuando le besaba, y las dudas se abalanzaban sobre mí, me atraían hacia una angustia indescriptible. Y, es que, Pierre, fue la luz al final del túnel, y la luz del comienzo de mi vida. Él era el café de mis mañanas, mis sonrisas picarescas y mi cura contra el insomnio. Pierre se había convertido, en este mes, en el marido de mi boda, en la Luna que provocaba mis mareas altas. Era ÉL. Pierre. La cuerda que sujeta a este globo blanco de helio, permitiéndole mantenerse alto, pero sujetándole al suelo, evitando así la inminente caída...

“Pasajeros del vuelo 78694, con destino París-Valencia, vayan embarcando por la puerta 6.”

-          - Ahí está, tu vuelo. Decídete, Annette. Pero decídete pronto. Pero si te marchas, no vuelvas. Déjame en el rincón de olvido, arrastrado por la tormenta emocional que me trata sin piedad, pero no vuelvas a enturbiar mis aguas cuando todo esté calmado.
Quizás no lo supiese, pero esas últimas palabras articuladas como intento desesperado de mi marcha, se habían clavado entre mis costillas como si de puñales se tratase y me provocaban suficiente ardor en el estómago como para no volver a verle nunca más.



Y éste soy yo. El estúpido que la mira fijamente, aquí, ahora mismo, en este fatídico instante, ansiado de una respuesta definitiva que deje de mantenerme en vilo. Ansioso de saber si ya puedo romper a llorar, de alegría o desesperación, pero a llorar. Y la veo, la miro, me fijo en cada detalle de su piel, de su vestido... y la recuerdo tan ostentosa como el primer día que la vi. E intento memorizar cada pequeña arruga que comienza asomar en su rostro, y sus ojos, cada detalle de ese color esmeralda cristalino ha de quedar en mi memoria para la eterna espera, por si no la vuelvo a ver.


Y ésta soy yo. Un mar de dudas que mira atónita, aquí, ahora mismo, en este fatídico instante, al hombre que me salvó de una destructiva caída. Y cuanto más observo su ojeroso rostro, más ansío lanzarme a sus brazos y besarle, curarle de esta desesperación. Sí, tal vez le amo. Pero el amor no me hará resurgir de entre las cenizas. Quedarme aquí, a su lado, provocará que tarde o temprano tendré que hacer frente a mi antigua vida. No sería, ni de lejos, ese comienzo de cero que tanto porfío en encontrar.

Se advierte a los pasajeros del vuelo 78694, con destino París-Valencia, que embarquen urgentemente por la puerta 6”.

Último aviso y, las dudas emergen, todavía, a flor de piel. A flor de helio. Las dudas me asfixian y yo no sé qué hacer.



sábado, 20 de abril de 2013

Parte II. Globo de Helio.


Lo cierto es que escapar corriendo de una boda, tu propia boda, no es la mejor opción. Pero es difícil hacer caso omiso a mi alma cuando mi cabeza y corazón se unen en una misteriosa idea. Lo siento. Mi razón me grita que no pare de correr, que corra hasta que no me sujeten mis piernas, hasta que caiga al suelo con las rodillas entumecidas. Mi corazón, retumbando como nunca antes lo había hecho, me pide que no deje de enviarle esta cantidad excitante de adrenalina. Y no pienso hacerlo. No sé cómo lo hago, no lo entiendo y ni siquiera pretendo entenderlo, pero me gusta. Me siento feliz.

Cualquiera en mi situación sentiría miedo, angustia, vergüenza, desprecio por haber sido capaz de abandonar al amor de su vida en el altar. Yo no, yo soy diferente, pienso diferente, siento diferente. ¿Qué siento? Sin duda, esto debe ser felicidad.

Puedo agitar mis brazos rápidamente, sujetando mi blanco y largo vestido, y me siento como un águila, como un halcón, como un globo de helio que sube y sube hasta un destino que no es capaz de apreciar y que, sin embargo, sabe que tarde o temprano tendrá que caer, caer en lo más profundo de un agujero negro, pero que acepta su destino con toda la libertad posible.

Y sí, esa soy yo, un globo de helio. Un maldito globo blanco de helio, esperando su trágica caída.
Puesto que ya tengo asumido que voy a caer, y mientras corro, necesito preparar una caída, una caída más suave de lo que pueda serlo una inesperada. Siempre he querido viajar, empezar una nueva vida y, ¿qué mejor momento que éste para hacerlo?

Adiós, zapato izquierdo. Fuera, zapato derecho.

Una huida por todo lo alto, una nueva vida, una nueva persona. Pero es difícil pensar cuál es la ciudad idónea para empezar desde abajo, donde el derrumbamiento no duela tanto. Piensa, Annette, pensemos cuerpo y alma, al mismo tiempo, como danzando bajo el hipnotismo de unas notas musicales. Pensemos en luces, en cosas de verdad, en algo efímero y mortal, tan mortal como...

Caer. Jamás pensé que esa metafórica caída en la que pensaba hace unos instantes fuese a ser tan literal y cercana como acaba de serlo ahora. Creo que me he torcido el tobillo de mi desnudo pie izquierdo. Escucho gemidos de dolor bajo mi vestido. Comprarme un vestido de novia tan ostentoso no fue, definitivamente, una buena idea. Ni para correr ni para encontrar al o la pobre infeliz que haya quedado atrapado bajo mis blancas telas.

Él. Definitivamente, es un hombre. Un hombre que se mofa no sé si de mi torpeza o mi ostentosidad; pero no ha dejado de sonreír desde que ambos conseguimos deshacernos de mi cárcel blanca. Tiene una risa estúpidamente contagiosa.

…En algo tan mortal como las ardientes fallas de Valencia. Mi nueva dirección.