lunes, 26 de septiembre de 2011

Aroma de color.

Aquí os dejo un pequeño fragmento de algo que escribí a principios de verano. Como siempre, espero que os guste.


"Libertad. Libertad es lo que siento ahora. El salado olor del mar, la arena entrelazándose entre los dedos de mis pes, caliente arena. Siempre me ha encantado pararme a sentir estas maravillas, viendo el cambio de colores que se producen en el firmamento al ponerse el Sol. Media vida he soñado colores imposibles, maravillosas mezclas de sentidos en un simple vistazo, colores imposibles de crear. Sólo están aquí, en mi mente, en mi cabezota. Colores imposibles de explicar.

Y basta pararse aquí, frente a una puesta de Sol, en pleno invierno o verano, sintiendo el aroma apoderándose de cada rincón de tu cuerpo interno y notando la suave caricia de un gélido aire, rozando las yemas de tus dedos, las palmas, sentir las cosquillas al besarte el desnudo ombligo, para poder sentir los colores. Mis colores."



viernes, 23 de septiembre de 2011

Como la vida misma.

Nunca entendí ese afán paterno de educar a los hijos en un mundo repleto de fantasía, humildad y buenas personas. Pasamos los años con esas charlas tan comunes en todos nosotros sobre que no debemos mentir bajo ningún concepto, que debemos pedir ayuda si un niño mayor nos ataca, que seamos buenos y siempre pongamos la otra mejilla, que aprendamos a perdonar…

Sí, quizás eso nos ayude durante esos pocos años para pensar que el mundo es bonito y fácil, pero nos llevamos una gran decepción cuando empezamos a ver el mundo con nuestros propios ojos. No sé vosotros, pero yo creo que deberían educarnos de otro modo, quizás con el símil de una partida de pócker. Tendrían que repetirnos día tras día que la vida es como un juego de cartas, en el que debemos aprender a mentir y a leer la mentira en los ojos ajenos, aprendamos a apostar y nunca echarnos a atrás, a no fiarnos bajo ningún concepto de los que nos rodean, aprender a levantarnos cuando caemos. Pero sobretodo, aprender a conseguir todo aquellos que nos proponemos, no perder nunca; porque si perdemos, se nos comen, si se nos comen, estamos muertos.



martes, 20 de septiembre de 2011

Mon amour.

Hoy, llegando al coche para volver a casa, me encontré sobre el pomo de la puerta del coche contiguo, una carta de amor. Alguien se tomó la molestia de escribir sus sentimientos sobre un papel, buscar en un amplio parking el coche de su enamorado/a y colocar cuidadosamente su corazón en el pomo. Hoy sé de alguien que sonreirá cuando vaya, fatigado/a a coger su coche para conducir hasta casa.


Así pues, hoy me propuse a escribir sobre el amor. Sí, amigos, eso que sobrepasa en querer a alguien con toda tu alma para llegar a enamorarse. Me puse a escribir una parrafada preciosa sobre qué debería ser el amor y sobre las diferencias entre querer y amar. Pero me quedé pensando y me di cuenta que ¿para qué? ¿para qué escribir esas letras capaces de llegar al sentimiento de cualquiera si el amor no se lee, sólo se siente? Y es que da igual lo que sepamos de él y lo preparados que vayamos a enfrentarnos, si cuando nos pilla de frente nos destroza vivos, nos desnuda y nos deja indefensos, y eso que con anterioridad nos presenta simulaciones de enamorarse, con eso que llamamos querer.

El amor es un oponente fuerte, despiadado y armado,  y todavía no conozco a nadie que lo haya vencido. 




domingo, 18 de septiembre de 2011

Locuras de habitación (II)

Aquí os dejo la continuación y final de "Locuras de habitación".


(...)Carolina, una vez recuperada de la impresión del momento, se dispuso a sacar el monedero para pagar los cafés, pero tras un halo de semi-locura, volvió a meterlo al bolso y se levantó del sillón, seria y serena.


-              -Señorita, no ha pagado sus cafés.- gritó un joven camarero que rondaba cerca de la mesa donde habían estado sentados segundos antes. Carolina rebuscó algo entre las cientos de cosas que tenía en el bolso, sacando una pequeña libreta y un bolígrafo. Escribió algo rápido en una de las hojas, bajo la atenta mirada de una docena de clientes indiscretos.


Carolina avanzó lentamente hacia el camarero que miraba exhausto todos sus movimientos. Le tendió la hoja escrita. En ella no había escrito más que un cincuenta y el símbolo del euro.
-         - No me ha agradado sus servicios, así que yo les pago con dinero que les desagrade a ustedes. Quédate el cambio.


Salió de la cafetería como si nada hubiese ocurrido ahí dentro, pero defraudada no sabía exactamente por qué, pero defraudada. Todo cambió, sin embargo, cuando volvió a ver la sonrisa de Damián esperándola fuera de aquella fábrica de estrés.
-          Encantadora locura, la tuya.


A penas hubo terminado la oración, Carolina le devolvió el furtivo beso con que Damián había pagado su café, a pesar de saber que éste no sería tan bobo como ella y apartaría sus labios. Y no estaba en lo erróneo. Él se justificó nombrando la relación que tenía con una tal Rebeca y ella justificó su comportamiento diciendo que no necesitaba sus besos para nada y que no le estaba dando ninguno, sino que le devolvía el que él le había dado con anterioridad.

-      -    ¿ Te has acordado algún día en todos estos años de mí?
-      -    Ni uno siquiera. ¿Tú de mí?
-       -   Más de los que me gustaría admitir.
-        -  Todavía no has aprendido nada. No sabes vivir.
-        - ¿Carpe Diem?
-        -  Justo así.
-        - Tú tampoco sabes. Acabas de apartar tus labios de los míos y has comenzado a nombrarme a tu novia. Yo no la veo aquí, no estás viviendo el ahora y niégame que no estás deseando volver a besarme.- No estaba segura de lo que acababa de decir, pero Carolina se arrojó al vacío, con la esperanza a flor de piel, esperando estar en lo cierto y que él se estuviese conteniéndose de bebérsela a besos 
   -¿Me invitas a tu piso?
-                 -Invitado quedas.

Los dos caminaron a paso rítmico en dirección a casa de Carolina, escondiéndose en los rincones, desbordando toda esa tensión sexual que había estado escondida durante todo este tiempo. Llegaron a su portal, subieron cinco pisos en el ascensor donde Damián dejó bien claro que de esa noche no iba a pasar aquello que tenían pendiente desde que se conocieron.


Carolina dirigía las manos de Damián, levantando su pierna a la altura de su cintura, rozando sus senos y comiéndosela a besos. Entraron en el amplio piso de Carolina, todo meticulosamente ordenado; y fueron rompiendo, a su paso, toda la estabilidad que reinaba en el dulce hogar en el que, ahora, explotaban sus pasiones como si de bombas se tratasen, atrayéndose como dos grandes imanes, como la luna llena atrae la marea.


Damián no se sentía extraño en aquel lugar ni prestaba respeto alguno por encontrarse en casa ajena. Tan solo besaba, disfrutaba y caminaba, al mismo tiempo, hacia donde su instinto animal le guiaba.  Entre caricia y beso, aparecieron en la habitación de Carolina. Ella se separó de los brazos de su hombre y se sentó sensualmente sobre el borde de la cama. Él se quitó la camiseta y se lanzó a acariciar sus mejillas, a beber su aliento, a oler su pelo y, esa mujer amargada a la que nombró horas antes, se tornó el animal más fiero y enloqueció por completo, olvidando todos esos hombres que habían pasado por esas sábanas que ahora rozaba Damián y se sintió completa como si no le faltase nada en ese instante, porque ya no se presentaba en su mente la imagen de besar a un loco especial cada vez que cualquier otro hombre se integraba en su intimidad, pues ahora era ese loco, su loco, el que se fundía con ella en un eterno desenfreno, un desenfreno mental ya que era consciente que en cuanto el Sol despuntara sus primeros rayos a través de las montañas que pintaban el horizonte, todo habría terminado.


Las palabras comienzan a quedarse cortas para explicar qué pasó esa noche. Carolina y Damián estaban predestinados a unir sus almas aquel fin del día en el que el reloj decidió dejar de tocar las horas y en el que el cielo se abrió bajo sus pies y las nubes despejadas se tornaron en tormenta, las bombillas se fundieron y miles de cristales cayeron al suelo, transformándose en diminutos trozos.


Y el alba despuntó y sus cuerpos desnudos quedaron tendidos sobre un lecho que había vislumbrado al deseo y a la pasión hechos humanos, destrozándose mutuamente en una noche de sexualidad desbordante.


Carolina despertó unas cuantas horas más tarde de la que solía despertar. Un halo de felicidad interrumpió en su cuerpo y sonrió como si en ello le llevara la vida. Abrió los ojos lentamente sin preocuparle lo más mínimo que hoy no llegase a tiempo a la universidad. Su mirada recorrió toda la habitación en busca de algo o alguien. Nada. Envolvió su pequeño cuerpo con una de las sábanas de su cama, pero tras hacerlo, volvió a dejarla en su sitio y se encaminó desnuda a observar cada rincón de su hogar, mientras un mal presentimiento le recorría todo su ser. Cuando hubo llegado al salón, se sentó en un sofá blanco que no solía utilizar por miedo a que las manchas estropearan la pureza de su color, y dejó de buscar por el resto de habitaciones pues sabía que no iba a encontrar ni el menor ápice de la estancia de Damián. El astro rey había tornado a visitarla a través de las ventanas de la casa, el reloj volvió a sonar marcando las doce del medio día, de la tormenta no quedaba más que noticias en el telediario y los trozos de cristal ya habían sido recogidos por las amas de casa de cada hogar. Todo volvió a su cauce y Carolina volvía a sentirse defraudada y Damián debería de encontrarse en su cama, abrazado a una tal Rebeca y borrando de su mente cuanto había ocurrido la noche anterior. Carolina se levantó del sofá y continuó su rutina diaria como si nada hubiese pasado pues su corazón y su cerebro sabían con antelación que nunca más volvería a ver a ese hombre.”


Sí, supongo que me gustaría que fuese así o al menos ese es el punto medio entre lo que me gustaría que ocurriese y lo que realmente ocurriría en el caso de cruzarme con mi loco. Pero es bien sabido por todo el mundo que jamás volveré a ver sus brillantes ojos negros ni volveré a escuchar ese tono burlesco de su voz cuando se dirigía a mi forma de vivir la vida ni nada de esas estupideces que me gustan imaginar cuando me acuesto en mi cama vacía.





Espero que hayáis disfrutado con la lectura, que os haya gustado aun siendo muy poquito y que los pocos minutos invertidos en leerlo, no hayan sido en balde.
Que paséis un buen fin de fin de semana, locos míos.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Locuras de habitación (I)

Bueno, amigos, hoy se me ha ocurrido contaros a partes una historia que escribí hace poco.
Cuando digo a partes me refiero a que os dividiré la historia en dos o tres entradas que iré colgando a lo largo de estos días, así que si os gusta tendréis que soportar los intermedios (algo así como Antena 3). Espero que opinéis sobre ello y que me llenéis de críticas constructivas (absteneos de comentar todos aquellos que vayan a criticar mi texto porque no les gusten las historias de amor/pasión).
Aquí os dejo con Carolina y su loco. Espero os guste.


Una vez estuve enamorada de un loco. Un loco de los de verdad, de los que amenazan con agresividad, de los que tienen carácter bipolar, de los que sueltan palabras ofensivas sin ton ni son, de los que olvidan, de los que intentan ahogarte con el humo de un cigarrillo, de los que piropean porque lo sienten y sin vergüenza de por medio, de los que puedes ver paseando por caminos oscuros a altas horas de la noche. Un loco de esos que suelen sorprender.


La agresividad de mi loco no era rutinaria y nunca llegaba más arriba de unos cuantos gritos  y, quizás, algo de autolesión. Nunca me tocó un pelo, jamás fue capaz de hacerme daño más allá del psicológico. La gente no comprendía que él era totalmente incapaz de matar una mosca, de dañarme, y pasaban los días cuestionándose cómo había ocurrido que una chica totalmente cuerda como yo hubiese acabado enamorada de un loco como él.


Mi amor fue correspondido, pero el amor entre un loco y una cuerda es totalmente imposible y así fue nuestro romance. Un romance inexistente. 


He de admitir que ese romance no nato con mi loco, terminó por enloquecerme a mí también. Sí, amigos, soy una loca más. Una respetada catedrática loca de remate. Mi loco matizó mi vida con pequeños detalles y la terminó trastocando por completo. Nunca volveré a ser la misma persona, nunca volveré a ver las cosas del mismo modo, nunca volveré a pensar o a actuar igual que solía hacerlo. Creo que todas las personas deberían poner un loco en su vida y enloquecer ellas un poco.


Hace demasiados años que no sé nada de mi loco. Creo que me odia, pero no sé por qué ni tengo la certeza de ello. Sólo tengo noticias suyas gracias a amigos locos que tenemos en común, pero intento no preguntar directamente porque nunca es bueno que un loco sepa por quién te tornaste tú loca. He oído que se volvió a enamorar, pero que esta vez fue distinto principalmente, porque en este caso sí funcionó y porque ella no ha enloquecido. Tengo una teoría para comprender eso: ella está muerta. No, no muerta literalmente, sino muerta de alma, muerta de sentimientos, muerta de impulsos. Está muerta por dentro. Un loco con una muerta; un romance todavía más extraño que el que no fue nuestro, pero por lo visto, mucho más posible.


A veces me he parado a pensar qué ocurriría si uno de estos días me cruzara con mi loco. Seguramente no ocurriese absolutamente nada. Los locos olvidan y él es un loco muy loco por lo que habrá olvidado cuánto lo amé. Yo, que soy una media loca, sé que nunca lo olvidaré. Otras veces me he parado a pensar qué me gustaría que ocurriese si me cruzara con mi loco. He de confesaros que ni de lejos querría que apenas intercambiásemos  un par de palabras. Creo que me moriría por darle vida, durante una noche, a ese romance no nato nuestro. Sí, tener una noche de brutal y desenfrenado erotismo y placer. He solido imaginármelo con un comienzo tranquilo, como algo así:


“La tarde abrumadora obligaba a Carolina a arrastrar sus pequeños pies en dirección a casa. Nada invadía sus pensamientos, ni una imagen, ni un desasosiego, ni una alegría, nada. El calor que el astro rey evocaba mataba sus ansias de pensar o imaginar algo, así que tan solo caminaba. Había olvidado las llaves del coche en el bolsillo interno de su bolso blanco, ese que había dejado en casa esta mañana. Sus ojos miraban la cantidad de personas que iban y venían por las aceras de su ciudad, pero ella no veía nada, absolutamente nada. Quizás por eso, su cerebro, eludió la información de ver venir en dirección contraria y encarándose, a alguien que, en su pasado, significó algo que marcaría su presente y su futuro
-¿La señora catedrática se ha vuelto alguien de tal prestigio que no va a concederme ni un mísero saludo?
-         - ¡Santo cielo,  Damián! No.. no te había visto.
-         -  Tus excusas no son más que sandeces a mi entendimiento. Así que ven aquí a saludarme correctamente o seguiré mi camino como si no nos hubiésemos cruzado.
-          - ¡Maldito bastardo!- Carolina sonrió y se lanzó a darle esos dos besos de cortesía que, para ella, significaban mucho más. - ¿Cómo te encuentras?
-         -  Demasiado bien, diría yo. ¿Y tú, cómo te trata la vida?
-         -  No puedo quejarme.
-        -   Sigues siendo una amargada que no vive la vida.
-          - ¿Por qué dices eso?- Carolina dibujó un gesto de sorpresa en su cara, pero no se había sorprendido, para nada, de aquella acertada pregunta. Damián sabía leer a través de los ojos de las personas y Carolina, para él, resultaba mucho más transparente que cualquier otra alma.
-          - ¿A caso me equivoco? No hace falta más que ver tus pasos repletos de angustia, tu mirada perdida, tu cabecita en otro planeta, tu voz rota y cansada.
-         -  Tan solo vuelvo de un largo y duro día de trabajo. ¿Nunca has tenido tú un día arduo?
-          - Disfruto mi empleo. Para mí nunca habrá un mal día de trabajo.- Carolina lanzó una mirada de incredibilidad y Damián le devolvió una sonrisa picaresca, burlona.- ¿La señora ocupada sería tan amable de invitar a este pobre psicólogo a un café?
-          - Estoy cansada y deseosa de llegar a casa. Mejor otro día.
-          - No sabes si habrá otro día. ¿Me invitas o no?
-          - Está bien. Vamos.

Caminaron en silencio varios minutos. Él se dedicaba a mirar las primeras pocas arrugas que dibujaban el cansancio y el paso del tiempo en la dulce cara de Carolina y que, extrañamente, la hacían más bella de lo que siempre había sido. Era una muchacha joven, pero nunca había tenido tiempo ni interés en cuidar su imagen, lo cual comenzó a provocar estragos en su piel a los, a penas, treinta y tres años. Ella, simplemente, se dejaba observar. Le gustaba sentir cómo los ojos de Damián recorrían los suyos, cómo estudiaba su belleza y cómo leía en su piel la forma en que los años habían ido comiéndose su juventud.


Llegaron a una cafetería. Era la típica del centro de las ciudades: mucha gente con prisa y malhumorada, sillas en la barra, mesas y sillas a la derecha, mesas y unos modernos y cómodos sofás a la izquierda, pegados a unos grandes ventanales que regalaban las vistas de una calle abundantemente transitada. Las paredes se alternaban entre tonos rojizos y colores pastel, perfectos para alterar al subconsciente un lunes por la mañana y prepararlo para una larga semana de estresante trabajo. Se sentaron junto a uno de los ventanales.

-        -  Estás loco. Un psicólogo loco. ¿No te resulta un tanto contradictorio?
-         - Lo es. Pero así puedo estudiar mejor la manera de volver locas al resto de personas que me rodean.
-        -  No hace falta estudiar mucho para eso.
-        -  ¿Eso crees?
-        -   Lo creo.
-         - ¿Por qué?
-          - Porque a mí me tornaste loca hace demasiado tiempo. Tanto que todavía no eras ni psicólogo.
-         - ¿Así que te torné loca? Permíteme dudarlo. Los locos nos movemos por impulsos, por sentimientos  y disfrutamos la vida. Carpe Diem, amiga.
-         -  No nos permitimos mucho tiempo para conocernos, así que tan solo soy una semi-loca.


Tomaron sus cafés tranquilamente, hablando de cosas sin sentido. A ninguno de los dos les importaba, realmente, cómo había pasado el otro todos estos años pasados. Carolina no quería saber si la vida había sonreído al bueno de Damián, no le interesaba lo más mínimo si era cierto lo de su enamoramiento y romance estable. Damián había aprendido a vivir ahora y no ayer, así que le resultaba totalmente indiferente todas las cosas que Carolina había hecho o dejado de hacer todos estos años, sólo le interesaba saber que la tenía en frente, después de tanto tiempo sin acordarse lo más mínimo de ella, sólo le importaba el interés que le despertaba volver a ver sus labios articulando su voz suave, rota y cansada.

Damián se quedó callado, sin previo aviso y Carolina se dedicó a mirar por el ventanal, bohemia. Él bebió el poco café que quedaba en su taza y la dejó, agresivamente, sobre el mantel. Se levantó del sillón y rodeó la mesa, con la mirada de Carolina siguiendo curiosamente sus pasos. Se paró frente a ella, rozó su mejilla y la besó en los labios. Ante la mirada atónita y perdida de Carolina, Damián salió de la cafetería.

-          - Buenas tardes, semi-loca.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Martes y Trece.

 Según la RAE, superstición se trata de "propensión a la interpretación no racional de los acontecimientos y creencias en su carácter sobrenatural, arcano o sagrado: la superstición está ligada al pensamiento mágico."

Ayer, martes trece. Un día de mala suerte si eres supersticioso. Yo, por mi parte y a pesar de carecer de una base científica o algo que me asegure que la suerte existe, soy supersticiosa. No es que llegue a tales extremos de superstición que me impidan salir de casa un martes trece, que me asuste el ver un gato negro y ese gran número de comportamientos que mucha gente realiza por el mero hecho de creer a pies juntillas en las supersticiones. Yo, simplemente (y siempre que tenga elección), intento optar por aquella opción que las leyendas/habladurías no tomen como acontecimiento de mala suerte; aunque, si he de seros sinceros, siempre he creído más en la buena suerte que en la mala.

Ayer, martes trece, comencé otro año más de carrera. Confundí mi horario y llevé en mente el del segundo cuatrimestre. Las aulas asignadas se encontraban en un edificio nuevo y parcialmente desconocido para mí con lo cual tuve que preguntar dónde se encontraban, tan solo me llevó unos minutos llegar hasta allí. Sin embargo, y a pesar de que parecía que todo iba sobre ruedas, nadie se presentaba ante aquellas puertas, ni profesores ni alumnos y mi nivel de sofoco iba aumentando según se acercaba la hora de entrar. Sí, amigos, tras casi una hora atacada por los nervios y pensando que el aula que había acudido no era la correcta, una compañera en mi misma situación que yo y yo misma nos tranquilizamos comprobando todos los datos frente al ordenador. Había confundido el día. No era lunes, tal cual pensaba mi cerebro, sino martes, que comenzaba una hora más tarde. Corriendo volví al aula que, en un principio, pensaba equivocada y allí estaban, comenzando la clase, mis nuevos compañeros.

Supongo que muchos de vosotros, los más supersticiosos, pensaréis que era lógico que el primer día, siendo martes trece, ocurriese algo así. Sí, es un tanto posible, aunque si he de seros del todo sincera mi opinión es que esa tal mala suerte no se presentó frente a mí esa mañana sino que, más bien, fue mi despiste y mi cerebro atrofiado tras unas largas vacaciones los que me jugaron una mala pasada.

¿Y vosotros? ¿Cómo fue vuestro martes trece?

lunes, 12 de septiembre de 2011

Gabriel García Márquez.

"Si por un instante Dios se olvidara de que soy una marioneta de trapo y me regalara un trozo de vida, aprovecharía ese tiempo lo más que pudiera.


Posiblemente no diría todo lo que pienso, pero en definitiva pensaría todo lo que digo. Daría valor a las cosas, no por lo que valen, sino por lo que significan. Dormiría poco, soñaría más, entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos, perdemos sesenta segundos de luz. Andaría cuando los demás se detienen, despertaría cuando los demás duermen. Si Dios me obsequiara un trozo de vida, vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, dejando descubierto, no solamente mi cuerpo, sino mi alma. A los hombres les probaría cuán equivocados están al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen, sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse! A un niño le daría alas, pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido. Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres... He aprendido que todo el mundo quiere vivir en la cima de la montaña, sin saber que la verdadera felicidad está en la forma de subir la escarpada.
He aprendido que cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atrapado por siempre. He aprendido que un hombre sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo, cuando ha de ayudarle a levantarse. Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes, pero realmente de mucho no habrán de servir, porque cuando me guarden dentro de esa maleta, infelizmente me estaré muriendo. Siempre di lo que sientes y haz lo que piensas. Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma.
Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes. Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré. El mañana no le está asegurado a nadie, joven o viejo.
Hoy puede ser la última vez que veas a los que amas. Por eso no esperes más, hazlo hoy, ya que si el mañana nunca llega, seguramente lamentarás el día que no tomaste tiempo para una sonrisa, un abrazo, un beso y que estuviste muy ocupado para concederles un último deseo. Mantén a los que amas cerca de ti, diles al oído lo mucho que los necesitas, quiérelos y trátalos bien, toma tiempo para decirles “lo siento”, “perdóname”, “por favor”, “gracias” y todas las palabras de amor que conoces. Nadie te recordará por tus pensamientos secretos. Pide al Señor la fuerza y sabiduría para expresarlos. Demuestra a tus amigos y seres queridos cuanto te importan.”

La sabiduría es algo que vamos acumulando con cada tropiezo que damos en la vida. Gabriel García Márquez y la verdad de sus palabras.


sábado, 10 de septiembre de 2011

The piano.

Hoy voy a hablaros de uno de mis hobbies. Aunque he de admitir que más que un hobbie es una válvula de escape, una forma de vida. Se trata del piano.

A veces cierro los ojos y las notas se acumulan en mi cerebro como si ansiasen que las sacara fuera, que les diera vida y no puedo evitar sentarme frente a esas teclas blancas y negras y tocar, tocar como si me fuera la vida en ello, tocar como si estuviese expresando qué siento, qué pensamientos, alegrías e inquietudes recorren mi mente.

Cuando toco dejo de ser yo. No sé cómo explicarlo pero es algo así como que deja de existir la tristeza, el rencor y cualquier mal sentimiento se despoja de mí. Cuando toco soy una persona nueva, como si acabase de nacer y el tiempo se para a mi alrededor, las tormentas cesan por unos instantes y la luna brilla con más intensidad. Cuando toco el piano soy libre, siento como si una parte de mí echase a volar y agito mis alas con fuerza y decisión, dejándome llevar allá donde las notas quieran llevarme. Cierro los ojos mientras dejo la música fluir por mis dedos y ahí, justo ahí, nadie me puede impedir que sea libre en un mundo paralelo que llamo mío.


viernes, 9 de septiembre de 2011

Buenos días.

Hoy despertaré este nuevo vicio.
A falta de redes sociales que llenen mis expectativas, probaré suerte con este blog al cual dedicaré algún que otro ratito de mi tiempo para desahogar mis ansias de escribir y poder saciar las vuestras de leer.

"Las ganas de inventar y una tiza al cielo marcarán la frontera de mi razón."

Buenos días, buenas tardes, buenas noches.