martes, 20 de enero de 2015
Personajes.
Después de tantos meses de abandono del blog, aunque he de confesar que no de la escritura, creo que es tiempo de pararme a hablaros, o a escribiros, para ser más exactos.
Es momento de escribir, sobre cualquier cosa, cualquier sentimiento, objeto, emoción. Es momento de escribir sobre ese extraño placer que obtengo cuando coloco post-its con anotaciones sobre los libros de estudio, sobre el frío que hoy ha abrazado la península, sobre mi nuevo pijama polar, sobre la extraña ola de melancolía que sienten mis personajes, que me gritan hasta ahogarme. Porque no sé si en algún momento de mi vida os lo he contado: yo no escribo. Si bien es cierto que, literalmente, sí escribo, no lo hago cuando con "escribir" nos referimos a pensar, cavilar, imaginar una emocionante e intrigante historia. Yo no soy más que una simple y llana transcriptora.
En efecto, queridos lectores, os he mantenido en el engaño todo este tiempo. Y, hoy, he de confesarme. Por las noches, mientras ceno, o mientras veo mi serie favorita; a veces, mientras cocino o cuando voy a la ducha; en ocasiones, cuando el edredón me cubre el cuello, decenas o cientos de personas, sobresaltan mi tranquilidad. Algunos son altos y rubios; otros, bajitos y calvos. Ellas pueden ser llamativas con juguetonas melenas o rellenitas con la cara cubierta de pecas.
A veces, cuando sueño, o cuando pienso, e inclusive cuando estoy ocupada, me cuentan sus historias. Algunas de ellas más extensas que otras, pero todas igual de impactantes. Cuando sus protagonistas son niños, pueden pasar días correteando a mi alrededor contándome, una vez tras otra, sus inquietantes aventuras robinhoodescas. Y los hombres tienden a exaltar sus andanzas, mientras que las mujeres suelen detallarme hasta el más diminuto detalle.
Y entonces es mi turno de exhalar.
Depende del personaje en cuestión, de la historia y de los acompañantes, pueden transcurrir dos, tres, cuatro días hasta que vuelven a darme un toque de atención. Y es entonces, cuando no les presto atención, que comienzan a ponerse agresivos. Comienzan a perseguirme y a gritarme, a insultarme, a agredirme. Yo soy su única esperanza de hacer llegar al mundo sus historias.
Y, básicamente, esta es la razón por la que no os transcribo ninguna historia desde hace tiempo. Hará poco menos de un año, una mujer de estatura media y pelo castaño, carácter fuerte y nervios a flor de piel, vino a contarme su historia y la de su hermana. Primero me pidió que la escribiera. Luego comenzó a exigírmelo. Su nivel de desesperación era tan alto, que cerró las puertas de mi mente y no deja entrar a nadie que no sea ella. Todavía sigo escuchando su, cada vez más estremecedora, historia. No será sencillo, pero prometí escribirla.
No creáis que esto sólo otorga negatividad a mi vida. Aprendo mucho de mis personajes. Me enseñan a valorar las pequeñas cosas, me ayudan a dar segundas oportunidades y me aportan esperanza. Mi histérica nueva chica de estatura media y pelo castaño, sin ir más lejos, me ofreció un consejo hará no mucho. Ahora me dispongo a transcribíroslo: "No esperes a que una tercera persona te valore. Aprende a valorarte tú misma, no importa lo que ello te cueste."
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)