Nunca entendí ese afán paterno de educar a los hijos en un mundo repleto de fantasía, humildad y buenas personas. Pasamos los años con esas charlas tan comunes en todos nosotros sobre que no debemos mentir bajo ningún concepto, que debemos pedir ayuda si un niño mayor nos ataca, que seamos buenos y siempre pongamos la otra mejilla, que aprendamos a perdonar…
Sí, quizás eso nos ayude durante esos pocos años para pensar que el mundo es bonito y fácil, pero nos llevamos una gran decepción cuando empezamos a ver el mundo con nuestros propios ojos. No sé vosotros, pero yo creo que deberían educarnos de otro modo, quizás con el símil de una partida de pócker. Tendrían que repetirnos día tras día que la vida es como un juego de cartas, en el que debemos aprender a mentir y a leer la mentira en los ojos ajenos, aprendamos a apostar y nunca echarnos a atrás, a no fiarnos bajo ningún concepto de los que nos rodean, aprender a levantarnos cuando caemos. Pero sobretodo, aprender a conseguir todo aquellos que nos proponemos, no perder nunca; porque si perdemos, se nos comen, si se nos comen, estamos muertos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario