El miedo. El fatídico miedo que nos producen las novedades, lo desconocido.
En los tiempos en los que vivimos, nos encontramos rodeados de objetos, ideas, que surgen a cada día que pasa y que, posiblemente, podrán provocarun cambio en nuestras vidas. Ahora bien, ¿qué ocurre con los cambios que debemos hacer nosotros mismos?
Todas las novedades provenientes de terceros las aceptamos y observamos su aplicación en nuestro día a día. Sin embargo, somos más bien reacios a ser nosotros mismos los que producimos esos cambios, esas novedades. Las dudas nos corroen, nos quitan el sueño, el hambre y hacen de nuestra vida un verdadero dolor de cabeza. Vivimos con miedos, miedo a dejarnos llevar por nuestras emociones y sentimientos, miedo a escuchar a nuestro corazón y dejar de lado los gritos de nuestra razón.
A veces es nuestro propio subconsciente el que nos pone pruebas para que no aceptemos lo desconocido. Y es duro, nadie sabe qué puede ocurrirle cuando toma una decisión, nadie es consciente si la opción por la cual opta va a llevarle a la más profunda felicidad o si, por el contrario, va a sumirle en una desgracia inmensa. Dejar atrás una relación con la “pareja de tu vida”, mudarse de la ciudad natal, empezar una primera relación estable. ¿Quién nos garantiza que no vamos a querer volver atrás para deshacer todo lo errado y comenzar de nuevo? ¿Quién nos garantiza que hemos hecho lo correcto?
El ser humano vive con miedo, es una cualidad innata. Pero no tenemos realmente miedo al cambio vidas, a darle un giro de 360 grados a nuestras vidas; lo que realmente nos aterroriza es la incertidumbre, es ver que no somos capaces de dominar la situación, porque no sabemos qué será. ¿O a caso tendríamos miedo de morir si supiésemos que otro mundo nos espera después que éste? ¿Tendríamos miedo a vivir si fuésemos conscientes que, tras la muerte, nada queda? ¿Dudaríamos de dejar atrás una larga relación si supiésemos que una sonrisa nos espera y que seremos capaces de amarla? ¿Nos aterrorizaría acabar con nuestras vidas de solteros empedernidos si conociésemos a la persona que engendraría a nuestros futuros hijos?
Yo os aconsejo que dejéis atrás el miedo. Y no digo que eso sea fácil pues, sinceramente, abandonar ese terror en la mayoría de ocasiones nos provocará dolor. Pero dejarse llevar para ver dónde terminarás, o comenzarás, puede enseñarte las mejores lecciones y puede hacer que vivas los mejores momentos de toda tu vida.
Asombroso. Increíble. ¿Qué adjetivos mejores que éstos para describir la concentración de cientos de miles de indignados ante las manifestaciones del 15O?
Esta tarde, España me sorprendió. Asistí a una de estas manifestaciones, más concretamente, Valencia, pudiendo decir con total firmeza y seguridad que jamás había contemplado tanta fuerza, tanta unión como la que hoy prestábamos todos.
Hemos levantado las voces y gritado al mundo que estamos aquí, que no nos hemos callado y seguiremos luchando por una “Democracia Real, ¡Ya!”. Hemos levantado las cabezas, mirando a los más altos cargos de los bancos, políticos y demás ladrones y mentideros por tal que nuestras quejas sean escuchadas, por tal que quede claro que el pueblo ha despertado, ha despertado del sueño de engaños que nos envolvía y, es que, ya no nos sirven sus palabrerías consoladoras, queremos hechos. Queremos ver cómo solucionan la crisis, que arreglen lo que ellos mismos estropearon y no seamos nosotros, el pueblo, los obligados a pagar sus fallos viendo, mientras tanto, cómo ellos se dedican a reír a carcajadas, a jugar en sus campos de golf, a llevar a sus hijos a colegios bilingües privados, a doblarse los sueldos y un sinfín de cosas más que hacen que me avergüence de los que se hacen llamar “representantes del pueblo español”.
Hoy, de camino hacia la manifestación he podido observar a un vagabundo, con sus pocas pertenencias, tendido sobre un banco -y cada día el de más gente-, viendo pasar las largas horas del día por delante de sus ojos, sin poder hacer nada; sin embargo, y en el otro extremo, he observado cómo la calle de Rita Barberà se encontraba cerrada y custodiada por policías y sus correspondientes furgones policiales, no fuera a ser que perturbásemos su sueño, nosotros, los que hace llamar “sus valencianos”.
Pues sí, amigos, así está el mundo. Unos tanto y otros tan calvo. Los trabajadores, los que se desloman día a día para levantar el país, endeudados hasta las orejas y con un peso sobre nuestras espaldas: sucumbir la crisis; los políticos, banqueros y demás malhechores, los que deberían escuchar y guiar al pueblo hacia épocas de expansión y bienestar social, enriqueciendo sus ricos bolsillos-valga la redundancia- con el dinero de los que, cada día, somos un poquito más pobres.
Todavía, y tras una larga reflexión, no soy capaz de explicaros con palabras la emoción y euforia que he sentido, los escalofríos que recorrían mi cuerpo. Y es que, queridos lectores, hoy he visto reunidos a kilómetros y kilómetros de indignados, a una sola voz: “Esta crisis, no la pagamos”. He sentido la sangre valenciana y la del mundo entero recorrer mis venas, mientras las dolçainas y tambores acompañaban a los cientos de miles de gritos y cánticos en busca de libertad, en busca de un futuro que dejemos de verlo negro. Me he sentido pequeñita y muy grande a la vez pues sé que, sin mí, sin cada uno de los que hemos participado, seríamos una voz menos en el mundo; porque hoy ha sido la revolución de las revoluciones, hoy ciudades de 82 países del mundo entero han decidido unir sus fuerzas y hacerse oír, hoy he visto cientos de miles de ojos llenos de esperanza, pies caminando hacia un futuro mejor para todos (para los que estén a favor y los que estén en contra, pues también éstos últimos saldrán beneficiados), manos sujetando pancartas con lemas como “Unos pájaros (PP), Otros capullos (PSOE)”, “Papá, cuéntame otra vez lo del 15 de Mayo.”, “Ni rojo ni azul, el futuro es negro”, “Ya hemos despertado y, ahora, no os dejaremos dormir” y gente un poco más extremista lanzando huevos a entidades bancarias.
Y, por último, me gustaría añadir unas palabras a aquellos que creen a pies juntillas lo que “El Mundo”, “El País”, “ABC”, etcétera de periódicos ,dicen. Que se empeñan en hacernos creer lo que les conviene que creamos. Y, es que, tanto yo como demás participantes en las manifestaciones de todo el mundo, somos muy conscientes de qué dirán los titulares de los diarios, mañana por la mañana: “Indignados, hippies y borrachos”, “Las calles se llenan de gente sin ganas de trabajar”, “Mucho alboroto, pocas cabezas”. Los típicos titulares o comentarios que llevan haciéndose desde el histórico 15-M. Os aseguro que no era así, pues yo he visto con mis propios ojos familias enteras recorriendo las calles del centro Valencia, he visto desde ancianos hasta bebés de pocos meses de edad, he observado cómo niños de 5 ó 9 años portaban una indumentaria a favor del 15M-15O, pitando y haciendo ruido porque sus padres consigan un trabajo digno. He podido distinguir entre la muchedumbre gente en silla de ruedas, padres de familia y mujeres entradas de edad. Así que dejad de creer que esto es sólo cosa de “perroflautas” fumados y borrachos, sin ganas de trabajar y con ansias de armar escándalo e ir a comprobarlo vosotros mismos porque “We are 99%”- el 1% restante de la población mundial posee casi el 40% de la riqueza que el planeta genera-.
Levantemos las manos al aire, ese símbolo que ya ha quedado como marca de la revolución del 15M-15O, y respiremos tranquilos sabiendo que hoy hemos formado parte de la historia, esa historia que nuestros hijos, nietos, bisnietos, tataranietos y demás estudiarán, esa historia que habrá cambiado nuestras vidas y las suyas. A mejor.
Aquí os dejo una mítica canción creada por los italianos que se enfrentaron al fascismo y a los nazis durante la II Guerra Mundial, versionada por los "Talco", y que hoy ha sido himno entre las calles valencianas.