Lo cierto es que escapar corriendo de una boda, tu propia
boda, no es la mejor opción. Pero es difícil hacer caso omiso a mi alma cuando
mi cabeza y corazón se unen en una misteriosa idea. Lo siento. Mi razón me
grita que no pare de correr, que corra hasta que no me sujeten mis piernas,
hasta que caiga al suelo con las rodillas entumecidas. Mi corazón, retumbando
como nunca antes lo había hecho, me pide que no deje de enviarle esta cantidad excitante
de adrenalina. Y no pienso hacerlo. No sé cómo lo hago, no lo entiendo y ni
siquiera pretendo entenderlo, pero me gusta. Me siento feliz.
Cualquiera en mi situación sentiría miedo, angustia, vergüenza,
desprecio por haber sido capaz de abandonar al amor de su vida en el altar. Yo
no, yo soy diferente, pienso diferente, siento diferente. ¿Qué siento? Sin duda,
esto debe ser felicidad.
Puedo agitar mis brazos rápidamente, sujetando mi blanco y
largo vestido, y me siento como un águila, como un halcón, como un globo de
helio que sube y sube hasta un destino que no es capaz de apreciar y que, sin
embargo, sabe que tarde o temprano tendrá que caer, caer en lo más profundo de
un agujero negro, pero que acepta su destino con toda la libertad posible.
Y sí, esa soy yo, un globo de helio. Un maldito globo blanco
de helio, esperando su trágica caída.
Puesto que ya tengo asumido que voy a caer, y mientras
corro, necesito preparar una caída, una caída más suave de lo que pueda serlo
una inesperada. Siempre he querido viajar, empezar una nueva vida y, ¿qué mejor
momento que éste para hacerlo?
Adiós, zapato izquierdo. Fuera, zapato derecho.
Una huida por todo lo alto, una nueva vida, una nueva persona.
Pero es difícil pensar cuál es la ciudad idónea para empezar desde abajo, donde
el derrumbamiento no duela tanto. Piensa, Annette, pensemos cuerpo y alma, al
mismo tiempo, como danzando bajo el hipnotismo de unas notas musicales. Pensemos
en luces, en cosas de verdad, en algo efímero y mortal, tan mortal como...
Caer. Jamás pensé que esa metafórica caída en la que pensaba
hace unos instantes fuese a ser tan literal y cercana como acaba de serlo
ahora. Creo que me he torcido el tobillo de mi desnudo pie izquierdo. Escucho gemidos
de dolor bajo mi vestido. Comprarme un vestido de novia tan ostentoso no fue,
definitivamente, una buena idea. Ni para correr ni para encontrar al o la pobre
infeliz que haya quedado atrapado bajo mis blancas telas.
Él. Definitivamente, es un hombre. Un hombre que se mofa no
sé si de mi torpeza o mi ostentosidad; pero no ha dejado de sonreír desde que
ambos conseguimos deshacernos de mi cárcel blanca. Tiene una risa estúpidamente
contagiosa.
…En algo tan mortal como las ardientes fallas de Valencia.
Mi nueva dirección.

No hay comentarios:
Publicar un comentario