“Urgencias” puede hacerse pasar por un lugar paradisíaco si
te encuentras envuelto entre su perfume. Entre el puritano perfume de una
novia. Una novia que no es la tuya.
Supongo que éste es el tipo de experiencias que recuerdas a
lo largo de tu vida.
- - Annette, puedes pasar.- Annette. Inclusive en
boca de una enfermera angustiada aunque desinhibida, su nombre desprende la
misma fuerza que su mirada.
- - Es mi turno.
- - Sí.
- - ¿Puedes sujetarme el velo? - ¿Qué no haría yo
por recibir el regalo de tu sonrisa, Annette?
... El tipo de experiencias en que, en algún angosto y
lejano día, les relate a mis descendientes la extraña forma en que me sentí
estando salvaguardando el velo a una novia
que me esperaba en la Sala 7, del Doctor Mendizabal.
Todavía desconozco su historia. No sé su apellido de
soltera... o casada. Se me escapa en qué recóndito lugar puede hallarse ese
solitario novio que ha de acompañarla, o ya la acompañó, hasta el altar. No he
sido capaz de apartar mi mirada de la suya, tan pura y profunda, más lejos que
para observar con detenimiento esa perfectamente blanqueada sonrisa. En cuanto
la vea aparecer tras esa puerta, cambiaré de rumbo la dirección de mis
inquietos ojos y buscaré atisbo alguno de anillo de compromiso.
- - Se trata
de una rotura de ligamentos de grado 2-3. Pero no se preocupe, en apenas un mes
lo tendrá completamente recuperado.
- - Doctor,
pretendo hacer un viaje en el menor tiempo posible. Hoy, si se me precia la
oportunidad...
- - ¿Viaje de
novios, cierto?- la pícara sonrisa del doctor desborda obscenidad y una
curiosidad desmedida por mi historia. Una historia que no estoy por la labor de
contar- Annette, lo mejor será que se posponga ese viaje. Es necesario reposo
absoluto con inmovilización de ese tobillo durante dos o tres semanas. Después,
deberá comenzar un corto proceso de rehabilitación que, para entonces, podrá
hacerlo en cualquier centro médico de la ciudad a la que se dirija.
Sentí como un hormigueo recorriendo todo mi cuerpo cuando
Annette me pidió, amablemente, y sin compromiso, que le alquilase una
habitación en mi piso. Tan solo serían unos días, dijo, hasta que encontrase
otro piso de alquiler. ¿Mi respuesta? No solamente accedí, sino que le ofrecí
la posibilidad de quedarse allí tanto cuanto gustase. Siempre viene bien nuevo aire
femenino a un hogar que ya había pasado demasiado tiempo vacío. Terminé de
embaucarla con toda esa palabrería que, mis largas lecturas filosóficas
nocturnas, me habían enseñado, haciéndole creer que mi ética y moral
necesitaban resarcirle de aquel mal que, de forma indirecta, yo le había
causado. Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente como para
confesarle que tan solo ansiaba encontrarme el cuarto de baño ocupado por las
mañanas, los botes de acondicionador en la bañera, las barras de labios perdidas
por cualquier rincón... Supongo que jamás habría sido suficientemente valiente
para confesarle que necesitaba llenar ese angosto agujero que hacía años que
llenaba con esperas impacientes por despedidas eternas y que, ahora,
sencillamente, estaba vacío.
Habían sido tres
primeros días fantásticos. Los mejores primeros días de mi final, del final de
esta Annette. Quizás este fuese el mejor camino. Haberme marchado a España tan de
repente, podría haberme llevado a la desesperación y soledad que tanto temía. Ahora
tenía tiempo suficiente para despedirme de mí misma, para organizar mi marcha y
hacerme a la idea de que iba a empezar desde los subsuelos de una nueva vida,
desde los primeros pasos.
Pierre estaba siendo
el mejor casero y compañero de piso que podía desear. También solía ser mi
enfermera particular. Y no, no intento ser machista. Pierre tenía la costumbre
de disfrazarse de enfermera rematadamente sexy cada vez que tenía que ocuparse
de mí. He de admitir que sus piernas me volvían loca. Casi tanto como esa voz
grave y suave con la que se dirigía a todo ser viviente, sin alzar el tono más
allá de lo justo y necesario, y que me aportaba paz y tranquilidad. Una tranquilidad
que buscaba desesperadamente desde que había desaparecido de mi boda, sin dejar
rastro alguno de dónde había escapado. Una tranquilidad que ansiaba para que
calmara este insomnio que se había apoderado de mí.
Era una noche de temperatura agradable para cualquier ser
humano, ya fuese caluroso o friolero. Así que, Annette y yo, habíamos decidido
tomar unos “margarita” en la terraza.
Mientras me explicaba entusiasmada datos asombrosos sobre las constelaciones, y
el universo en sí, yo me dedicaba a mirarla fijamente. Llevábamos casi una
semana bajo el mismo techo y se había vuelto escuálida y ojerosa, pero la
fuerza y determinación todavía brillaban en sus
carismáticos ojos. De hecho, me atrevería a decir que todos esos
adjetivos deslumbraban en su mirada con más fuerza que nunca. Era, ésta, una
extraña sensación contradictoria que me alegraba por la entereza que demostraba,
pero me asustaba por algún motivo que desconocía.
- - Cuéntame la historia, Annette.
- - ¿Estás escuchando algo de lo que digo? Es
justamente eso, por el Big Bang el universo comenzó a expandirse, de tal forma
que...
- - No, Annette. Me refiero a ti. Tu historia. ¿Qué
haces aquí?
La sonrisa de mi flor de Loto se había tornado seria y
oscura. Tan solo se levantó de la silla y se marchó. No me sentí con fuerzas ni
derecho alguno de ir hasta su habitación a pedirle explicaciones o disculpas. Me
quedé observando la luz de estrellas que habrían muerto hacía ya demasiados
años luz.
No tenía ni la más
remota idea de por qué acaba de comportarme así con Pierre. Tan solo había
sentido interés por un tema que, sabía, tarde o temprano iba a salir a flote. Uno
no se encuentra todos los días con una novia, de blanco, que parece no tener
una vida hasta justo el momento de conocerla. Suficientemente amable y educado
había sido por no haberme preguntado hasta ahora y, sobretodo, por haber estado
tratándome como había estado haciéndolo.
Así que, tras
reflexionarlo largo y tendido por más de media hora, salí a duras penas de mi
habitación, anclada a esas muletas que comenzaban a ser un verdadero estorbo
para alguien tan independiente como yo, y salí a la terraza, con la esperanza
de que todavía siguiese allí. Lo encontré,
buscando en internet información sobre las diversas teorías del fin del
universo. Hacía apenas media hora que había comenzado a contarle algunas de
ellas y, parecía, su curiosidad científica no había quedado satisfecha. No pude
sino soltar una carcajada que desveló mi posición tras de él. Me miró, todavía
serio. Y sus ojos se me clavaron en el alma, haciéndome sentir despreciable y
paralizando toda excusa por mi comportamiento. Le sentí. Sentí cómo hurgaba en
mi cerebro, en busca de respuestas, a través de sus ojos color azabache.
Me revolví, temblorosa
por dentro. Y transcurridos unos segundos, que más bien había sentido como una
eternidad, sentí paz. Como si Pierre hubiese encontrado esa carga que me
atormentaba el espíritu y se la hubiese llevado con él.
Y ya no sé si fue
fruto de esa nueva paz que parecía que acabase de encontrar, o de las
margaritas de más que había tomado, pero impulsivamente me lancé hacia sus
labios, casi perdiendo el total equilibrio sobre mi pie sano. Y le besé. Le besé
con la misma esperanza que se suponía que tenía que haber besado al que, ahora,
tendría que ser mi marido, hacía una semana atrás.
Ahora lo había entendido. El universo se expandía y contraía
infinitamente. Había explotado la noche anterior, en una danza de margaritas y
perfume de mujer. Los cielos se habían roto y colores que jamás habría
imaginado surgieron de sus entrañas; el inframundo se quebró y vastas
llamaradas de fuego incendiaron nuestros ardientes cuerpos, que se fundieron en
uno solo, en un solo cerebro, en un solo corazón, en una sola alma.
Esta mañana, al abrir mis pesados párpados y observarla
onírica, a mi lado, comprendí que el universo había comenzado a expandirse de
nuevo. Y con más vitalidad de lo que lo había hecho hasta ahora.
Había comprendido su historia, cuando se desnudó para mí. Cuando
su alma se desprendió de ropajes y armaduras absurdas para dejarse seducir por
mi intrigada mirada. Y no habíamos necesitado articular ni una palabra. Y no
necesitaba escuchar de sus labios nada más al respecto. Sabía, justo, lo que
quería y necesitaba saber.
Los días comenzaron a transcurrir. Demasiado rápidos, para
mi gusto. La llevé a lugares donde nunca antes habíamos estado, inclusive la
llevé a aquellos sitios que siempre había detestado, pero que pensé que podrían
enamorarla. Y lo hicieron. Vivimos experiencias que jamás no imaginamos vivir;
y, a contra preinscripción médica, invertimos varios días en viajes asombrosos.
Fue tanto lo que Annette me regaló en esos días que me sería totalmente imposible
guardar todos esos recuerdos en un cajón. Fueron tantos los recuerdos, que ya
no consigo recordarlos todos...
Sin duda alguna,
habían sido las tres mejores semanas de mi vida. No sé muy bien qué era lo que
había ocurrido, pero me había dejado llevar y algo parecido a felicidad se
había asentado en mí.
A cada segundo del día
mi mirada le buscaba disimuladamente, mi corazón lo hacía sin guardar las
formas y la pasión se abría paso como dueña de nuestras vidas. Pero mi pie se
había recuperado y yo tenía que seguir mis directrices. Decía un gran filósofo,
de nombre Platón, que cuando tomes una decisión, la lleves a cabo hasta el
final, pues es posible que no alcances las metas deseadas, pero encontrarás una
meta; mientras que si cambias de decisiones, acabarás más perdido que al
principio. Y no sé si ésta es una forma de justificar mis actos y un método de
calmar a mi desolado corazón, pero me veo en la obligación de terminar de hacer
las maletas.
- - ¡No puedes marcharte así, sin más!
- - Sabías que esto acabaría así, Pierre. Sabías que
mi viaje estaba destinado a realizarse.
- - Pensé que podría hacerte cambiar de opinión.
- - Nadie más que yo misma tiene el poder suficiente
como para hacerme cambiar de opinión. ¿Lo entiendes?
Los nervios se apoderaban de mí. No podía perderla ahora. No
podía quedarme destinado a otra despedida que me negase a aceptar, abogándome en
una nueva eterna espera. Esta vez no le servirían las excusas metafóricas y
filosóficas para librarse de mi desahogo, para librarse de mi último intento
para mantenerla conmigo.
Estábamos ya en el aeropuerto, esperando el aviso a los
pasajeros de su vuelo, y había comenzado a levantar la voz, sin sopesar las
consecuencias que eso podría tener, sin importarme lo más mínimo nada, pues los
nervios, el estrés, la frustración se habían apoderado de cada rincón de mi
ser, provocándome una desazón que apenas me dejaba respirar costosamente. Si la
perdía ahora, jamás volvería a verla. Sería como un fantasma. Terminaría siendo
como la sutil huella de un sueño, un sueño que todos desconocerían y que
ocultaría a la próxima mujer que durmiese en mi cama.
Annete se había convertido, en casi un mes de mi vida, en mi
propia vida. Me había dado color y
esperanza. Era el perfume de mis mañanas y la luz de mis oscuras noches. Era ELLA.
Anette. Mi novia blanca. Mi flor de loto.
Los minutos corrían
casi tan rápido como transcurrían cuando le besaba, y las dudas se abalanzaban sobre
mí, me atraían hacia una angustia indescriptible. Y, es que, Pierre, fue la luz
al final del túnel, y la luz del comienzo de mi vida. Él era el café de mis
mañanas, mis sonrisas picarescas y mi cura contra el insomnio. Pierre se había
convertido, en este mes, en el marido de mi boda, en la Luna que provocaba mis
mareas altas. Era ÉL. Pierre. La cuerda que sujeta a este globo blanco de
helio, permitiéndole mantenerse alto, pero sujetándole al suelo, evitando así
la inminente caída...
“Pasajeros del vuelo 78694, con destino
París-Valencia, vayan embarcando por la puerta 6.”
- - Ahí está,
tu vuelo. Decídete, Annette. Pero decídete pronto. Pero si te marchas, no
vuelvas. Déjame en el rincón de olvido, arrastrado por la tormenta emocional
que me trata sin piedad, pero no vuelvas a enturbiar mis aguas cuando todo esté
calmado.
Quizás no lo supiese,
pero esas últimas palabras articuladas como intento desesperado de mi marcha,
se habían clavado entre mis costillas como si de puñales se tratase y me
provocaban suficiente ardor en el estómago como para no volver a verle nunca
más.
Y éste soy yo. El estúpido que la mira fijamente, aquí,
ahora mismo, en este fatídico instante, ansiado de una respuesta definitiva que
deje de mantenerme en vilo. Ansioso de saber si ya puedo romper a llorar, de
alegría o desesperación, pero a llorar. Y la veo, la miro, me fijo en cada
detalle de su piel, de su vestido... y la recuerdo tan ostentosa como el primer
día que la vi. E intento memorizar cada pequeña arruga que comienza asomar en
su rostro, y sus ojos, cada detalle de ese color esmeralda cristalino ha de
quedar en mi memoria para la eterna espera, por si no la vuelvo a ver.
Y ésta soy yo. Un mar
de dudas que mira atónita, aquí, ahora mismo, en este fatídico instante, al
hombre que me salvó de una destructiva caída. Y cuanto más observo su ojeroso
rostro, más ansío lanzarme a sus brazos y besarle, curarle de esta
desesperación. Sí, tal vez le amo. Pero el amor no me hará resurgir de entre
las cenizas. Quedarme aquí, a su lado, provocará que tarde o temprano tendré
que hacer frente a mi antigua vida. No sería, ni de lejos, ese comienzo de cero
que tanto porfío en encontrar.
“ Se advierte a
los pasajeros del vuelo 78694, con destino París-Valencia, que embarquen
urgentemente por la puerta 6”.

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