viernes, 19 de abril de 2013

Parte I. Flor de Loto.


Había pasado los últimos años acostumbrándome a la impuntualidad de alguien que llegaría tan tarde, que tendría que esperarle para toda la vida. Había divagado por las calles de un funesto mundo que parecía llorar a cada paso que daba, y había terminado por fundirme con las luces incandescentes de la Calle Mayor.

No sería capaz de decir si fueron dos o tres los años que invertí en un “adiós” que parecía durar toda una vida, pero las historias para recordar empezaban a agotarse y, en su lugar, se asentaba en mí la desesperación propia de alguien tan impaciente como yo.

Y aquí, ahora, justo en este momento, había decidido dejar de dedicar cada pulsación de mi reloj en esperar. No sé cómo ni sé por qué, pero, sencillamente, cambié de dirección y caminé. Y caminando, de vuelta a casa, dejando a medias la jornada de espera, me había decantado por parar a comprar un croissant de esos que solía degustar antes de haberla conocido. Y la dulce anciana que me precedía en la cola se demoró más de lo habitual, buscando unas monedas dentro de su cartera que, claramente, era de estilo prerrafaelista. Y al salir de esa fábrica de sueños chocolateados, me paré con la puerta tras de mí, cerrando los ojos, para que todos mis sentidos se anulasen y sólo el del gusto diese crédito de ese manjar de dioses. Y un peatón chocó con mi torpeza de ojos cerrados, lo que provocó el empleo de algunos segundos en proporcionarle una disculpa. Y me giré, sonriente, a ver su brillante cráneo por detrás.

Y si todo eso no hubiese ocurrido; si no hubiera decidido dejar de esperar, si no se me hubiese antojado ese dulce que provocó mis ganas de degustarlo con los ojos cerrados, entonces no habría tropezado conmigo aquel hombre calvo y yo no me habría tenido que disculpar. Y si todo eso no hubiese ocurrido, yo ahora no estaría tirado en el suelo, con una muñeca dolorida y retirando de mi cara lo que parecía tela de un vestido de novia. Y, entonces, si no se hubiesen dado cada uno de esos acontecimientos, no acabaría de ver los ojos, color esmeralda, más intensos que he visto nunca ni la flagrante belleza de la mujer que había caído encima de mí hacía apenas unos segundos, como una flor de loto sobre un estanque putrefacto.

Y ahora, mirando a esta Venus intentando zafarse del enredo blanco que es su vestido, me doy cuenta de que si todo eso no hubiese ocurrido, aunque hubiese cesado mi espera,  seguiría escribiendo el pequeño fragmento de una historia que nunca comenzó y nunca terminaría. Y ahora, mientras ayudo a mi flor de loto a levantarse, me doy cuenta de que, exacto, aquéllo fue, sencillamente, un fragmento.




No hay comentarios:

Publicar un comentario