Había pasado los últimos años acostumbrándome a la impuntualidad
de alguien que llegaría tan tarde, que tendría que esperarle para toda la vida.
Había divagado por las calles de un funesto mundo que parecía llorar a cada
paso que daba, y había terminado por fundirme con las luces incandescentes de
la Calle Mayor.
No sería capaz de decir si fueron dos o tres los años que
invertí en un “adiós” que parecía durar toda una vida, pero las historias para
recordar empezaban a agotarse y, en su lugar, se asentaba en mí la
desesperación propia de alguien tan impaciente como yo.
Y aquí, ahora, justo en este momento, había decidido dejar
de dedicar cada pulsación de mi reloj en esperar. No sé cómo ni sé por qué,
pero, sencillamente, cambié de dirección y caminé. Y caminando, de vuelta a
casa, dejando a medias la jornada de espera, me había decantado por parar a
comprar un croissant de esos que
solía degustar antes de haberla conocido. Y la dulce anciana que me precedía en
la cola se demoró más de lo habitual, buscando unas monedas dentro de su cartera
que, claramente, era de estilo prerrafaelista. Y al salir de esa fábrica de
sueños chocolateados, me paré con la puerta tras de mí, cerrando los ojos, para
que todos mis sentidos se anulasen y sólo el del gusto diese crédito de ese
manjar de dioses. Y un peatón chocó con mi torpeza de ojos cerrados, lo que
provocó el empleo de algunos segundos en proporcionarle una disculpa. Y me
giré, sonriente, a ver su brillante cráneo por detrás.
Y si todo eso no hubiese ocurrido; si no hubiera decidido
dejar de esperar, si no se me hubiese antojado ese dulce que provocó mis ganas
de degustarlo con los ojos cerrados, entonces no habría tropezado conmigo aquel
hombre calvo y yo no me habría tenido que disculpar. Y si todo eso no hubiese
ocurrido, yo ahora no estaría tirado en el suelo, con una muñeca dolorida y
retirando de mi cara lo que parecía tela de un vestido de novia. Y, entonces,
si no se hubiesen dado cada uno de esos acontecimientos, no acabaría de ver los
ojos, color esmeralda, más intensos que he visto nunca ni la flagrante belleza
de la mujer que había caído encima de mí hacía apenas unos segundos, como una
flor de loto sobre un estanque putrefacto.
Y ahora, mirando a esta Venus
intentando zafarse del enredo blanco que es su vestido, me doy cuenta de
que si todo eso no hubiese ocurrido, aunque hubiese cesado mi espera, seguiría escribiendo el pequeño fragmento de una historia que nunca comenzó y nunca terminaría. Y ahora, mientras ayudo a mi flor de loto a levantarse, me doy cuenta de que, exacto, aquéllo fue, sencillamente, un fragmento.
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