viernes, 2 de mayo de 2014

Azul.

Ricardo era un hombre de pocas palabras. Era tímido y de comprensión un tanto deficiente. Ricardo había sufrido, y seguía sufriendo, la burla y regocijo de la mayoría de las personas que en algún momento, y por alguna razón, habían tenido algún tipo de contacto con él. Nunca alcanzó a entender la razón de tanto insulto gratuito hacia su persona, y mentiría si alguna vez dijese que nunca le habían hecho llorar.


A Ricardo le gustaba dibujar, aunque siempre se le dio mucho mejor pintar. Cuando cogía las pinturas de cera o las acuarelas que su madre le compraba cada mes, era capaz de plasmar en papel emociones y sentimientos, como si de definiciones gráficas se tratase. A él le encantaba pintar el amor. Algunos días, la mayoría, era de color rojo, pero solía decir que dependía de muchas otras cosas, que el amor no es amor por sí solo, sino que depende de sonrisas, de miradas, de secretos y confesiones, de un tacto sobrepuesto a otro tacto, de una mano o, inclusive, de la lluvia o el Sol; así que el amor podía ser también rosa, verde, amarillo, naranja, morado, negro, blanco…. Pero ya hacía mucho tiempo que para Ricardo el amor era azul. A veces más oscuro, otras más claro, pero siempre azul. Recuerdo preguntarle varias veces por qué su amor se había convertido en algo tan monótono, que por qué siempre era del mismo color. Su respuesta siempre era parcial:

-          Mi amor no es monótono. Es alegre, divertido y siempre sorprendente. Monótono era cuando día tras día venía de un color diferente. Los cambios seguidos eran la monotonía.

Ricardo tenía veintitrés años, pero los médicos decían que su edad cerebral era la de un niño de diez. Yo siempre pensé que nos engañaba a todos y que en su interior albergaba la sabiduría de otras muchas vidas pasadas.
Un día fui a recoger a Ricardo al centro de día al que asistía. Entonces lo comprendí todo. Vi el color azul estallando contra todas las paredes e invadiendo cada rincón de aquella habitación. Él estaba sentado frente a una ventana, de espaldas hacia donde yo me encontraba. También de espaldas, y junto a él, vi una larga y cuidada melena castaña, y creo haber escuchado una dulce y penetrante risa. Ricardo, como si hubiese sentido mi presencia perturbando el azul, se giró hacia donde yo estaba y con una sonrisa, me saludó.
Empecé a recoger a Ricardo de aquel centro con más asiduidad, pues cada vez era mayor la intriga que aquella cabellera me producía. Esa mujer siempre continuaba mirando por la ventana cuando Ricardo se marchaba, así que jamás pude ver su cara. Y aquél tampoco me hablaba de ella por más que yo preguntase. Ni un nombre ni una vaga descripción pude arrancar de sus labios, y siempre tuve que conformarme con ver el azul.
Tres años más tarde, un seis de diciembre, Ricardo fallecía por una parada cardiovascular. Dejo tras de sí una habitación empapelada de cuadros azules y muchas carpetas llenas de pinturas con la misma temática. Había acabado obsesionándose hasta tal punto que él solo ya era azul, con sonrisa azul y mirada azul.
La gente tiende a admirar la belleza de los funerales. Yo creo que el funeral de Ricardo fue horrendo. Había mucha gente rondando su ataúd, pero en ninguno de los presentes pude ver un ápice de la luz que él desprendía. Todos lloraban y nadie sonreía, excepto yo. Yo no era capaz de sonreír, cierto, pero no derramé ni una sola lágrima, en su honor.
El número de personas que se acercó al cementerio fue menor, pero aún así continuaba viendo caras desconocidas para mí. Me quedé observando los pies de la caja en la que yacía Ricardo para siempre y rompí a llorar, dejando de lado las promesas que le había hecho de no mostrar mi tristeza.

Fue entonces cuando una voz, reconfortante, me susurró al oído unas palabras que jamás olvidaré:

-          Se desvaneció, ¿verdad? Se desvaneció como una acuarela azul se desvanece en el agua. Pero también, como una acuarela azul, su marca permanecerá en nosotros una vez el agua se haya evaporado.

Una presencia conocida se filtro por mis poros. Era como si Ricardo estuviera ahí, cogiéndome de la mano. Me giré súbitamente, sabiendo –y sin saber, al mismo tiempo- qué o quién iba a encontrarme.
La larga melena castaña estaba ahora recogida, con un pasador, irónicamente, de color azul. Sin embargo, lo que más me sorprendió no fue encontrarla ahí, con su pelo recogido, sino fue ver que aquella mujer que tanto me intrigaba y que había estado viendo de espaldas durante tanto tiempo, no era nueva para mí.

-          Soy Verónica. No sé si me recordarás. Durante unos años fui compañera de pupitre de Ricardo, y juntos, los tres, solíamos pasar las tardes de verano jugando en la plaza del pueblo. Fue entonces cuando comencé a sentir curiosidad por Ricardo. Es cierto que al principio me asustaba su extraño comportamiento, pero tú me enseñaste que tenía cualidades distintas a la del resto de niños.
-          Sí, Verónica, ¿cómo olvidarte? –Me paré un rato, a observar lo mucho que había cambiado y lo tremendamente parecida que era a Ricardo en algún aspecto que no era capaz de identificar. – Eras tú, ¿verdad? La chica del centro de aprendizaje, la que se sentaba con él cada día a mirar por la ventana.
-          No sólo mirábamos, sino que veíamos. Veíamos las cosas que nadie más es capaz de ver. Como los atisbos de un nuevo color que luego resultaba conocido, los gestos de las manos de un transeúnte acalorado, el baile de cientos de hojas perfectamente acompasadas o un cruce de miradas a destiempo entre dos desconocidos. A veces miraba a Ricardo y, otras, Ricardo me miraba a mí. Era extraño, ¿sabes? Tenía delante de mí a una persona que no miraba, que veía y que paraba sus ojos frente a mí, a observarme con detalle y que se reía con mis pensamientos o se entristecía con mis miedos.
-          No te comprendo.
-          Ricardo no era un hombre normal. Acabé la carrera y me puse a trabajar en el centro al que él asistía. Fue una alegría reencontrarme con la persona que provocó que yo fuera quien soy. Al principio no nos entendíamos, pero poco a poco Ricardo comenzó a hablarme. A veces me hablaba con colores, otras veces con números, con música o, inclusive, me enseñó a hablar con la mirada, así era como sabía siempre en qué pensaba. Pero como persona corriente que soy, ajena a las maravillas que rodeaban el mundo de Ricardo, lo que más me fascinaba era cuando llegaba al centro y me hablaba con palabras. En ocasiones era como si de sus labios emanara un diccionario o un escritor, y podíamos pasarnos horas conversando. Le encantaba hablarme del “azul”.
-          ¿El azul?
-          Sí. Me hablaba tanto del azul que comencé a verle de dicho color. Ricardo olía a azul, respiraba azul y miraba azul. A veces, yo misma, me creía azul.
-          ¿Y qué era lo que te decía del azul?
-          He olvidado sus palabras exactas. Es más una sensación que una descripción. Ricardo me enseñó cosas de esta vida que jamás pensé que pudiera aprender. Quizá por eso prefería pasar las horas dedicas exclusivamente a él, porque me enseñó que nunca se deja de aprender. Me enseñó cosas que no podía encontrar en los libros y que se hallaban ocultas en mi espíritu, esperando a ser aprendidas. –Tras un largo silencio en el que yo veía gente pasar y ella miraba a no sé qué y no sé dónde, continuó hablando, esta vez con la voz cortada- De hecho, jamás comprendí qué hacía Ricardo en ese centro. Él fue el hombre más inteligente que jamás he conocido.


Verónica era, sencillamente, preciosa. Sabía que la conversación había llegado a su fin y que, tras sus pasos, no volvería a verle nunca más. Y lo que todavía me costaba un poco más, no volvería a ver a Ricardo. Con ella delante era como si volviese a plantarme en la puerta del centro, esperando a que se levantase entre el espesor que tanto azul había empezado a provocar en la sala, se acercase a mí y me cogiera de la mano para marcharnos. Con ella delante era como, al fin, ver cada uno de los dibujos de Ricardo, entenderlos, juntarlos en uno y comprender qué era el azul.
El taconeo de los zapatos de Verónica me advirtieron de su marcha. Y al girarme para observar cómo se alejaba, volví a ver su espalda, como aquella primera vez.

-          ¿Me enseñarás?- grité suavemente, si es que eso podía hacerse, y todos voltearon sus cabezas. Ella, ajena a todo y a todo el mundo, se giró también, y con una sonrisa, la única que había visto en todo el día, me contestó.
-          ¿Enseñarte a qué?
-          Dices que Ricardo te enseñó a ver, y te enseñó a sentir el azul, pero te enseñó más cosas, ¿cierto?
--          Cierto.
--          Quiero que me enseñes todas las cosas que Ricardo te enseñó. Quiero que me enseñes a ver a Ricardo ahora que no está.
--          Yo no soy él, no sabría ni por dónde empezar.
--          Él te eligió a ti para enseñarte todo lo que sabía, y lo hizo por alguna razón. Inténtalo.


Verónica me enseñó a ver, y a mirar, a sonreír y a gritar. Me enseñó a soñar y a suspirar. Aún recuerdo su primera lección, “cómo acariciar”. Con el tiempo, Verónica y yo nos volvimos uno solo. Pasábamos horas, días, semanas, juntos, aprendiendo el uno del otro. Con Ricardo, Verónica había aprendido a escuchar, pero como él la miraba y era capaz de entenderla, nunca le enseñó a hablar. Conmigo aprendió que no sólo estaba ahí para escuchar, sino que podía hablarme para hacerme a mí entender. Y hubo un día en que, al fin, me habló.
Verónica me confesó, con lágrimas en los ojos, que Ricardo había muerto, ya años atrás, por ruptura de corazón. Me confesó que, por aquel entonces, tras varios meses viviendo con la única esperanza de que llegara la hora en que viera a Ricardo atravesar la puerta del centro, y con la tristeza que le impedía ver cómo él abandonaba la sala, una mañana comprendió que se había enamorado de ese hombre que un día fue su compañero de pupitre. Y, entonces, asustada, sin siquiera despedirse, se marchó de su puesto de trabajo, que ya había dejado de ser un trabajo hacía mucho tiempo, abandonando a Ricardo y produciéndole una muerte de tristeza pocas semanas después.
Resultaba irónico que una mujer como Verónica, que siempre había levantado pasiones entre los hombres, hubiera acabado enamorada de un hombre que siempre había levantado burlas. Pero la ironía era compresión ante mi persona, pues yo, igual que ella, sabía que un alma como la de Ricardo es difícil de encontrar en este mundo.

--          Ricardo nunca dejó de sonreír, Verónica. Murió entre mis brazos y su última mirada fue de color azul. Y es que ahora lo entiendo todo, su amor no era azul, el azul siempre fuiste tú.

Y desde aquel día, amigos, como a Ricardo le ocurría, siento a Verónica en cada parte de mi ser. Siento la necesidad de hablar de ella en cada instante, de pensar en ella, de verla en todas partes. Desde aquel día, no hay mañana en que no me despierte y sea azul.
 

1 comentario: