Ricardo era un hombre de pocas palabras. Era tímido y de
comprensión un tanto deficiente. Ricardo había sufrido, y seguía sufriendo, la
burla y regocijo de la mayoría de las personas que en algún momento, y por
alguna razón, habían tenido algún tipo de contacto con él. Nunca alcanzó a
entender la razón de tanto insulto gratuito hacia su persona, y mentiría si
alguna vez dijese que nunca le habían hecho llorar.
A Ricardo le gustaba dibujar, aunque siempre se le dio mucho
mejor pintar. Cuando cogía las pinturas de cera o las acuarelas que su madre le
compraba cada mes, era capaz de plasmar en papel emociones y sentimientos, como
si de definiciones gráficas se tratase. A él le encantaba pintar el amor.
Algunos días, la mayoría, era de color rojo, pero solía decir que dependía de
muchas otras cosas, que el amor no es amor por sí solo, sino que depende de
sonrisas, de miradas, de secretos y confesiones, de un tacto sobrepuesto a otro
tacto, de una mano o, inclusive, de la lluvia o el Sol; así que el amor podía
ser también rosa, verde, amarillo, naranja, morado, negro, blanco…. Pero ya
hacía mucho tiempo que para Ricardo el amor era azul. A veces más oscuro, otras
más claro, pero siempre azul. Recuerdo preguntarle varias veces por qué su amor
se había convertido en algo tan monótono, que por qué siempre era del mismo
color. Su respuesta siempre era parcial:
- -
Mi amor no es monótono. Es alegre, divertido y
siempre sorprendente. Monótono era cuando día tras día venía de un color
diferente. Los cambios seguidos eran la monotonía.
Un día fui a recoger a Ricardo al centro de día al que
asistía. Entonces lo comprendí todo. Vi el color azul estallando contra todas
las paredes e invadiendo cada rincón de aquella habitación. Él estaba sentado
frente a una ventana, de espaldas hacia donde yo me encontraba. También de espaldas,
y junto a él, vi una larga y cuidada melena castaña, y creo haber escuchado una
dulce y penetrante risa. Ricardo, como si hubiese sentido mi presencia
perturbando el azul, se giró hacia donde yo estaba y con una sonrisa, me
saludó.
Empecé a recoger a Ricardo de aquel centro con más
asiduidad, pues cada vez era mayor la intriga que aquella cabellera me
producía. Esa mujer siempre continuaba mirando por la ventana cuando Ricardo se
marchaba, así que jamás pude ver su cara. Y aquél tampoco me hablaba de ella
por más que yo preguntase. Ni un nombre ni una vaga descripción pude arrancar
de sus labios, y siempre tuve que conformarme con ver el azul.
Tres años más tarde, un seis de diciembre, Ricardo fallecía
por una parada cardiovascular. Dejo tras de sí una habitación empapelada de
cuadros azules y muchas carpetas llenas de pinturas con la misma temática.
Había acabado obsesionándose hasta tal punto que él solo ya era azul, con
sonrisa azul y mirada azul.
La gente tiende a admirar la belleza de los funerales. Yo creo que el funeral de Ricardo fue horrendo. Había mucha gente rondando su ataúd, pero en ninguno de los presentes pude ver un ápice de la luz que él desprendía. Todos lloraban y nadie sonreía, excepto yo. Yo no era capaz de sonreír, cierto, pero no derramé ni una sola lágrima, en su honor.
El número de personas que se acercó al cementerio fue menor, pero aún así continuaba viendo caras desconocidas para mí. Me quedé observando los pies de la caja en la que yacía Ricardo para siempre y rompí a llorar, dejando de lado las promesas que le había hecho de no mostrar mi tristeza.Fue entonces cuando una voz, reconfortante, me susurró al oído unas palabras que jamás olvidaré:
- -
Se desvaneció, ¿verdad? Se desvaneció como una
acuarela azul se desvanece en el agua. Pero también, como una acuarela azul, su
marca permanecerá en nosotros una vez el agua se haya evaporado.
Una presencia conocida se filtro por mis poros. Era como si
Ricardo estuviera ahí, cogiéndome de la mano. Me giré súbitamente, sabiendo –y
sin saber, al mismo tiempo- qué o quién iba a encontrarme.
La larga melena castaña estaba ahora recogida, con un
pasador, irónicamente, de color azul. Sin embargo, lo que más me sorprendió no
fue encontrarla ahí, con su pelo recogido, sino fue ver que aquella mujer que
tanto me intrigaba y que había estado viendo de espaldas durante tanto tiempo,
no era nueva para mí.
- -
Soy Verónica. No sé si me recordarás. Durante
unos años fui compañera de pupitre de Ricardo, y juntos, los tres, solíamos
pasar las tardes de verano jugando en la plaza del pueblo. Fue entonces cuando
comencé a sentir curiosidad por Ricardo. Es cierto que al principio me asustaba
su extraño comportamiento, pero tú me enseñaste que tenía cualidades distintas
a la del resto de niños.
- -
Sí, Verónica, ¿cómo olvidarte? –Me paré un rato,
a observar lo mucho que había cambiado y lo tremendamente parecida que era a
Ricardo en algún aspecto que no era capaz de identificar. – Eras tú, ¿verdad?
La chica del centro de aprendizaje, la que se sentaba con él cada día a mirar
por la ventana.
- -
No sólo mirábamos, sino que veíamos. Veíamos las
cosas que nadie más es capaz de ver. Como los atisbos de un nuevo color que
luego resultaba conocido, los gestos de las manos de un transeúnte acalorado,
el baile de cientos de hojas perfectamente acompasadas o un cruce de miradas a
destiempo entre dos desconocidos. A veces miraba a Ricardo y, otras, Ricardo me
miraba a mí. Era extraño, ¿sabes? Tenía delante de mí a una persona que no
miraba, que veía y que paraba sus ojos frente a mí, a observarme con detalle y
que se reía con mis pensamientos o se entristecía con mis miedos.
- -
No te comprendo.
- -
Ricardo no era un hombre normal. Acabé la
carrera y me puse a trabajar en el centro al que él asistía. Fue una alegría
reencontrarme con la persona que provocó que yo fuera quien soy. Al principio
no nos entendíamos, pero poco a poco Ricardo comenzó a hablarme. A veces me
hablaba con colores, otras veces con números, con música o, inclusive, me
enseñó a hablar con la mirada, así era como sabía siempre en qué pensaba. Pero
como persona corriente que soy, ajena a las maravillas que rodeaban el mundo de
Ricardo, lo que más me fascinaba era cuando llegaba al centro y me hablaba con
palabras. En ocasiones era como si de sus labios emanara un diccionario o un
escritor, y podíamos pasarnos horas conversando. Le encantaba hablarme del
“azul”.
- -
¿El azul?
- -
Sí. Me hablaba tanto del azul que comencé a
verle de dicho color. Ricardo olía a azul, respiraba azul y miraba azul. A
veces, yo misma, me creía azul.
- -
¿Y qué era lo que te decía del azul?
- -
He olvidado sus palabras exactas. Es más una
sensación que una descripción. Ricardo me enseñó cosas de esta vida que jamás
pensé que pudiera aprender. Quizá por eso prefería pasar las horas dedicas
exclusivamente a él, porque me enseñó que nunca se deja de aprender. Me enseñó
cosas que no podía encontrar en los libros y que se hallaban ocultas en mi
espíritu, esperando a ser aprendidas. –Tras un largo silencio en el que yo veía
gente pasar y ella miraba a no sé qué y no sé dónde, continuó hablando, esta
vez con la voz cortada- De hecho, jamás comprendí qué hacía Ricardo en ese
centro. Él fue el hombre más inteligente que jamás he conocido.
Verónica era, sencillamente, preciosa. Sabía que la
conversación había llegado a su fin y que, tras sus pasos, no volvería a verle
nunca más. Y lo que todavía me costaba un poco más, no volvería a ver a
Ricardo. Con ella delante era como si volviese a plantarme en la puerta del
centro, esperando a que se levantase entre el espesor que tanto azul había
empezado a provocar en la sala, se acercase a mí y me cogiera de la mano para
marcharnos. Con ella delante era como, al fin, ver cada uno de los dibujos de
Ricardo, entenderlos, juntarlos en uno y comprender qué era el azul.
El taconeo de los zapatos de Verónica me advirtieron de su
marcha. Y al girarme para observar cómo se alejaba, volví a ver su espalda,
como aquella primera vez.
- -
¿Me enseñarás?- grité suavemente, si es que eso
podía hacerse, y todos voltearon sus cabezas. Ella, ajena a todo y a todo el
mundo, se giró también, y con una sonrisa, la única que había visto en todo el
día, me contestó.
- -
¿Enseñarte a qué?
- -
Dices que Ricardo te enseñó a ver, y te enseñó a
sentir el azul, pero te enseñó más cosas, ¿cierto?
--
Cierto.
--
Quiero que me enseñes todas las cosas que
Ricardo te enseñó. Quiero que me enseñes a ver a Ricardo ahora que no está.
--
Yo no soy él, no sabría ni por dónde empezar.
--
Él te eligió a ti para enseñarte todo lo que
sabía, y lo hizo por alguna razón. Inténtalo.
Verónica me enseñó a ver, y a mirar, a sonreír y a gritar.
Me enseñó a soñar y a suspirar. Aún recuerdo su primera lección, “cómo
acariciar”. Con el tiempo, Verónica y yo nos volvimos uno solo. Pasábamos
horas, días, semanas, juntos, aprendiendo el uno del otro. Con Ricardo, Verónica
había aprendido a escuchar, pero como él la miraba y era capaz de entenderla,
nunca le enseñó a hablar. Conmigo aprendió que no sólo estaba ahí para
escuchar, sino que podía hablarme para hacerme a mí entender. Y hubo un día en
que, al fin, me habló.
Verónica me confesó, con lágrimas en los ojos, que Ricardo
había muerto, ya años atrás, por ruptura de corazón. Me confesó que, por aquel
entonces, tras varios meses viviendo con la única esperanza de que llegara la
hora en que viera a Ricardo atravesar la puerta del centro, y con la tristeza
que le impedía ver cómo él abandonaba la sala, una mañana comprendió que se
había enamorado de ese hombre que un día fue su compañero de pupitre. Y,
entonces, asustada, sin siquiera despedirse, se marchó de su puesto de trabajo,
que ya había dejado de ser un trabajo hacía mucho tiempo, abandonando a Ricardo
y produciéndole una muerte de tristeza pocas semanas después.
Resultaba irónico que una mujer como Verónica, que siempre
había levantado pasiones entre los hombres, hubiera acabado enamorada de un
hombre que siempre había levantado burlas. Pero la ironía era compresión ante
mi persona, pues yo, igual que ella, sabía que un alma como la de Ricardo es
difícil de encontrar en este mundo.
--
Ricardo nunca dejó de sonreír, Verónica. Murió
entre mis brazos y su última mirada fue de color azul. Y es que ahora lo
entiendo todo, su amor no era azul, el azul siempre fuiste tú.
Y desde aquel día, amigos, como a Ricardo le ocurría, siento
a Verónica en cada parte de mi ser. Siento la necesidad de hablar de ella en
cada instante, de pensar en ella, de verla en todas partes. Desde aquel día, no
hay mañana en que no me despierte y sea azul.
No dejes de escribir nunca, lo haces muy bien
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