miércoles, 24 de julio de 2013

Latidos

El frío se asentó, rápidamente, sobre cada rincón de mi cuerpo. Un cuerpo que yacía inerte sobre el suelo de la habitación.

Mil veces me había parado a pensar cómo sería mi muerte- un pasatiempo mucho más acogedor que la propia vivencia de sentir la mano de la parca acariciando mi frente-. Nunca creí que fuese a acabar de esta manera.

Había sentido cómo la fina hoja de plata se fundía con mis entrañas y cómo el dolor se había hecho eco entre el frenético bombeo de sangre que mi corazón, furioso, enviaba a cada uno de mis órganos. Una cantidad de sangre perjudicialmente demasiado elevada para las circunstancias en las que me encontraba. Estaba nervioso, tremendamente alterado y sorprendido, lo que provocaba que fuese capaz de sentir la gran velocidad a la que ésta fluía fuera de mí. Estaba tendido sobre un charco de mi propia sangre. Quizás por las altas temperaturas de ésta, o quizás por alguna razón fisiológica que desconocía, aquel frío del comienzo de mi fin, se estaba tornando cálido e, inclusive, reconfortante.

Los latidos de mi corazón comenzaban a disminuir de forma considerable y yo ya hacía un par de minutos que había cerrado mis ojos, para no ser capaz de abrirlos por última vez. Sin embargo, por algún motivo que no he logrado descifrar, era perfectamente consciente de qué ocurría a mi alrededor. Sé que ella estaba arrodillada, a mi lado, intentando esbozar entre sollozos, algún tipo de disculpa. Quizás estuviese rezando por mi alma. O por la suya. Al menos ella sabía qué sentir. Miedo, culpa, desasosiego. Yo no. No sabía cómo sentirme en ese momento. No sabía si odiarle con todas mis fuerzas, si temer al verla capaz de alargar mi sufrimiento, o si perdonarle por el gran amor que, inclusive en ese momento, era capaz de profesarle.

El dolor había comenzado a cesar, pero ello no significaba que pudiese moverme a mi antojo; más bien había comenzado a dejar de ser dueño de mi propio cuerpo, había comenzado a dejar de sentirlo mío. Sí sentía, sin embargo, la penetrante mirada de Eva fijada sobre mí. Creo que me rozó el cuello con sus dedos, en busca de algún signo vital. Todavía escuchaba su llanto. Estaba esperando mi muerte. Ambos la esperábamos, juntos, como si todavía fuésemos una pareja feliz, compartiendo uno de los momentos más importantes en la vida de ambos.

Un olor había invadido, de repente, mis fosas nasales. Eva había dejado entrar el aire fresco por la ventana, ahora, abierta. Mis sentidos del oído y del olfato se habían agudizado, haciéndome partícipe de una mezcla de olores que se fusionaban en mi habitación: gasoil, su perfume, el ambientador y el penetrante olor, como de carne podrida combinada con hierro viejo, que emanaba de mi sangre. Iba a morir con ese nauseabundo hedor como recuerdo.

-          - Te amo, te amo…

No me había fijado, hasta ese momento, en que ella se había tumbado a mi lado, sobre mi charco, rodeándome con sus traicioneros brazos y susurrándome al oído palabras que dolían casi tanto como su puñalada. Ya no era capaz de recordar cómo había comenzado la discusión que nos llevó hasta aquí. Lo cierto es que tampoco quería recordarlo.

Eva había continuado hablando, pero ya no era capaz de entenderla. Tampoco olía, a penas, aquella pestilencia. Un miedo tan elevado como nunca antes había sentido, se apoderaba de mí. Tenía miedo de dejar de vivir y tenía miedo de Eva. Sin embargo, inclusive habría rogado a un Dios, en el que no creía, por ser capaz de sentir mi cuerpo de nuevo, para apreciar su brazo rodeándome.


Y, ahora, ya sólo escuchaba el tenue latido de mi corazón, desvaneciéndose.


2 comentarios:

  1. Me gusta cómo describes la escena, el toque justo de tragedia sin excederse :)

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, Mollie. Todo un placer recibir este tipo de críticas positivas de seguidores desinteresados. Así da gusto continuar escribiendo.

    ResponderEliminar